La polémica ha vuelto a saltar a la sociedad colmenareña, nuevamente de la mano del poder político. Si hace años fue el anuncio del derribo de la plaza de toros de La Corredera, que parece no lo han desechado del todo, ahora lo es el del edificio del colegio Isabel La Católica. Dos despropósitos sin sentido.
En ambos caso se ha esgrimido la razón del progreso, de construir, con un alto coste material y económico, nuevos edificios, más modernos y acordes con los tiempos. Como si esos edificios, posiblemente los más necesarios del municipio, no se pudieran instalar en otros solares dejando estos que tan poco les gusta para otra necesidades que tiene la sociedad colmenareña.
Veamos, ¿qué debe pesar más en el beneficio de un pueblo, su patrimonio o su modernidad? Suponiendo que el supuesto axioma sea de admisión, que yo personalmente lo dudo. Pues si echamos mano a la tan vapuleada Constitución española, no dejaría duda que el patrimonio, pues en su artículo 46 dice: “Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio”. De la modernidad, que yo conozca o sepa, ni de la obligación de implantarla por las autoridades no dice nada, aceptando, por supuesto, aunque no esté claro, que hacer edificios nuevos, lo es más que mantenerlos.
¿Pero qué es el patrimonio cultural? Pues no es otra cosas que el conjunto de bienes materiales (edificios, calles, etc.) e inmateriales (costumbres, tradiciones, fiestas, etc...) que se hallan fuertemente vinculados a la identidad social de un pueblo (Colmenar Viejo, ciudad con espíritu de villa, según eslogan cursi del ayuntamiento, piénselo dos veces) recibidos de generaciones pasadas.
Se quiera o no, el colegio Isabel la Católica se encuentra en este supuesto, pues más allá del año de construcción, ha sido el lugar privilegiado por su uso colectivo, en el que muchas generaciones de colmenareñas y colmenareños, además de descubrir la vida, han descubierto las letras y que juntando estas se llega a la expresión cívica, al dialogo, como abogaba en un escrito reciente el arqueólogo Fernando Colmenarejo, que junto a partidos políticos, y asociaciones ciudadanas, es decir, la sociedad civil, presentaron una denuncia por la mala intención del poder local de llevarse por delante una parte de nuestra historia, de nuestro patrimonio, ese que está protegido por la Constitución que tanto aireamos para lanzarla sobre y contra los otros.
Claro que es necesario el dialogo franco despojado de mentiras y argumentaciones falaces de que las acciones de los demás están contra el progreso y la vida saludable de la colectividad. ¿Es que acaso hay alguien que esté en posesión de la verdad absoluta?
El despotismo utilizado por el alcalde en un acto público para las personas mayores, en las que acusaba a los que han llevado el tema ante la fiscalía, porque en su verdad y conciencia piensan que es la única vía que queda cuando el empecinamiento y el renco domina las determinaciones, es cuando menos unas malas formas de la primera autoridad local, y más si entre los premiados se encontraba una de estas personas contrarias a la vía arrasadora del equipo de gobierno. Dándose la gran contradicción que a esa persona se le premiaba precisamente por eso, por una vida dedicada al ensalzar y proteger el patrimonio colmenareño. ¿Quién lo entiende?
¡Por favor, coherencia, dialogo y humildad!
Miguel Ángel de Andrés