El circo de la política: cuando el Senado se convierte en escenario

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CRÓNICAS SIN ROTATIVA
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Esto es un circo”, dijo el presidente del Gobierno. Y no le faltaba razón.
En el ideal de la democracia, la cámara alta de un país —en este caso, el Senado de España— debería ser el foro donde las ideas toman forma, el lugar donde los ciudadanos ven representadas sus inquietudes y donde se construye consenso. Sin embargo, lo que ocurrió recientemente en la comisión del Senado

Sanchez senadopodría describirse con la frase que su propio protagonista, el presidente del Gobierno, pronunció: “esto es un circo”.

Ver la política como espectáculo no es solo una metáfora. Las discusiones se alargan, los titulares mutan en tuits, los aplausos ocupan el lugar de los argumentos y los focos desaparecen de los temas para centrarse en las formas. En ese escenario, el ciudadano deja de sentirse protagonista y pasa a ser espectador, molesto, desconfiado, cansado.

El ruido ha ganado terreno a la palabra. Las promesas se repiten sin respaldo, y la gestualidad política se convierte en ritual coreografiado. ¿Y mientras tanto? La vida real —trabajo, familias, salud, tiempo, migración, desigualdad— sigue fuera del hemiciclo, sin alfombra roja, sin micrófono, y muchas veces sin oídos.

También está la complicidad mediática: cuando los programas dedican más tiempo a comentar gestos, silbidos o abandono de bancada que al contenido de la ley que se debate, se refuerza la idea de que el verdadero show no es la legislación, sino la puesta en escena. Nos dicen que “lo importante es esta pantalla”, cuando lo que importa es lo que queda al otro lado de la puerta.

Y tú y yo, caminantes de este camino social, percibimos que ya muchos representantes no entran a la política para servir, sino para exhibirse. El pacto del silencio es: “ser espectáculo —y que te vean”, en vez de “ser servicio —y que te oigan”.

Quizá el problema no sea el circo en sí, sino que nadie quiere asumir que los espectadores también son jueces, y que al final del acto —cuando las luces se apagan— sigue habiendo una comunidad, sin repuestos, sin aplausos automáticos y con muchos temas sin resolver.

Y mientras tanto, los verdaderos payasos —los que hacían reír sin ofender, los que pretendían servir sin desfilar—, se nos están muriendo de tristeza.