En España, la política siempre ha tenido un ritmo extraño: avanza a golpes de urgencia, retrocede cuando puede y se queda quieta cuando nadie la mira. Pero hay una constante que, desde la Transición, sigue marcando el paso: los grandes partidos no cambian nada si no se ven obligados a hacerlo. Y entre ellos, uno destaca por su capacidad para moverse siempre “cuando ya no queda más remedio”: el PSOE.
Durante décadas, el Partido Socialista ha gobernado buena parte del país con una mayoría social aplastante. Tuvo el poder, la confianza, el viento a favor y el tiempo suficiente para transformar España a fondo. Y, sin embargo, los grandes problemas estructurales —esos que condicionan la vida y el futuro de millones— permanecen prácticamente igual que hace 40 años.
Las privatizaciones que marcaron un rumbo
Los años 80 y 90 dejaron una herencia que aún pagamos: grandes empresas estratégicas entregadas a mercados externos, energía que dejó de ser pública, y decisiones que redujeron nuestra soberanía económica. Ese camino no lo inició el PP. Lo inició el PSOE de Felipe González, convencido de que España debía “modernizarse” al ritmo del mercado. El resultado lo conocemos todos: hoy la electricidad, el gas, las telecomunicaciones y hasta parte de la vivienda dependen de intereses que no vota nadie.
La sanidad y el comienzo del modelo mixto
Otro punto clave: abrir la puerta, poquito a poco, a los intereses privados. El desarrollo del marco legal en los 90 sentó las bases para el modelo complementario que hoy conocemos. Fue el inicio de un sistema donde cada vez hay más contratos externos, más empresas gestionando lo público y más médicos obligados a doblar turnos porque el dinero se escurre por la vía de la externalización. No lo creó el PP. El PP lo aceleró después. Pero la puerta la abrió el PSOE.
La corrupción: mirar, callar y seguir
Suena duro decirlo, pero es real: cuando un partido gobierna 15, 20 o 25 años seguidos, el poder se acomoda, la crítica se apaga y los silencios se multiplican. Los escándalos de los 80 y 90 no fueron casualidad. Y la actitud de entonces creó un precedente: “Si no se habla mucho, se pasa página”. Pero la gente no olvidó. Y el país tampoco.
El PSOE de hoy: lento, lento… y porque lo empujan
Muchos creen que el PSOE actual es un partido progresista que avanza por convicción. La realidad es otra: avanza cuando otros partidos pequeños le obligan. Cambia cuando la calle empuja. Se mueve cuando no tiene más remedio. No es casualidad que sus reformas más importantes hayan llegado con socios presionando y con gobiernos en minoría. Porque cuando tuvo mayorías absolutas, el país se quedó prácticamente igual.
Vender España a pedazos
No se suele decir, pero basta con mirar la historia reciente: Endesa, Repsol, Telefónica, Aena, autopistas, vivienda... Fondos extranjeros comprando barrios enteros. ¿Quién empezó a desproteger el patrimonio y las empresas estratégicas? Todos lo sabemos. España se convirtió en un país donde el empleo se sacrifica para cuadrar balances empresariales… y donde las decisiones estratégicas se toman en despachos que no están en Madrid.
La prensa del poder: otra pieza del juego
Y aquí está otra raíz del problema. Los grandes medios llevan décadas moldeando el relato. No lo hacen por conspiración, sino por intereses: subvenciones, publicidad institucional, acuerdos con gobiernos, tertulianos de nómina, silencios pactados, líneas rojas invisibles. En este ecosistema, cualquier proyecto político que cuestione el sistema —uno nacido de las plazas, que llegó al Congreso con fuerza inesperada— fue triturado mediáticamente desde el minuto uno.
El ejemplo que nadie quiere recordar
En la última década vivimos un fenómeno político que hoy casi nadie menciona, pero que todos recuerdan. Un partido nuevo, nacido de la calle, de las plazas y del descontento, irrumpió en el Congreso con una fuerza que nadie había previsto. Un proyecto que puso nerviosos a bancos, despachos, televisiones y partidos tradicionales.
No hacía falta estar de acuerdo con ellos para ver lo que pasó después: el sistema entero se les vino encima. De repente fueron portada diaria, pero no por propuestas: ataques personales, tertulias convertidas en trincheras, bulos repetidos, campañas de desprestigio, presión mediática sin precedentes. Esto demostró que la estabilidad del 'Régimen del 78' no solo se basa en los votos, sino en la capacidad de los poderes fácticos de neutralizar cualquier fuerza que amenace sus pilares económicos y mediáticos.
Mientras unos pedían explicaciones por cada detalle, otros eran tratados con guante de seda. Poco a poco, el proyecto fue arrinconado, reducido, atomizado… hasta quedar en la mínima expresión. No hace falta decir nombres: todos sabemos de qué hablamos. Y todos entendimos el mensaje: en España, cuando algo amenaza a los poderes de siempre, los poderes de siempre reaccionan como una sola pieza.
El PP: cómodo en la nada
Mientras tanto, el PP disfruta del inmovilismo, porque le es rentable que nada cambie. Son los reyes de la política de “esperar y heredar”. Por eso España sigue atrapada en una rueda vieja: dos partidos que llevan décadas turnándose, pero que mantienen intactas las mismas estructuras, los mismos poderes e intereses.
La conclusión que nadie quiere decir
España necesita una regeneración profunda, honesta, valiente. Una que no venga dictada ni por jueces elegidos en despachos, ni por empresas que compran países a trozos, ni por un duopolio mediático que decide lo que es verdad y lo que no. Para eso hace falta un país que no se conforme con lo mismo de siempre. Porque si algo ha demostrado nuestra historia reciente es que quien no cambia, acaba siendo cambiado.
