Frank Cuesta, las visitas institucionales y el papelón de quienes dicen proteger lo público mientras lo desmantelan por detrás.
Hace años, muchos descubrimos a Frank Cuesta como un tipo peculiar: salvaje, apasionado por los animales, directo hasta el hueso. Un personaje que parecía más cerca de la selva que de los focos. Pero el tiempo revela verdades. Y lo que en un principio era pasión, hoy parece convertirse en otra cosa: espectáculo, negocio y agenda política.
Esta semana, el propio Frank confesó en un vídeo —que luego matizó y desmintió, según él por presiones— que no es veterinario, que los animales de su santuario no eran rescatados, sino comprados, y que todo aquello formaba parte de un “show” que se le fue de las manos. En resumen: que el personaje se comió a la persona. O lo que es lo mismo, que detrás de la lucha por la naturaleza, había negocio, ego… y cámara.
Pero lo más alarmante no es eso. Lo más significativo es quién se acercó a esa “selva domesticada” justo antes del escándalo: la presidenta de la Comunidad de Madrid. Esa misma que recorta en sanidad pública, asfixia universidades y teatros, y convierte los derechos en oportunidades de negocio para unos pocos. Esa misma que, sin rubor, se sacó la foto de rigor en el santuario de Frank, como si eso la convirtiera en defensora del medioambiente.
Porque esa es la estrategia: usar a figuras populares como avales políticos. Mientras destruyen lo público, se rodean de “iconos” que distraen a la audiencia. Es el viejo truco del ilusionista: “Mira aquí al activista televisivo... y no mires allí donde firmo privatizaciones”.
Frank Cuesta, en las últimas semanas, ha ido encadenando apariciones en platós afines al discurso del bulo, alimentando narrativas sin pruebas, atacando al “sanchismo” con frases hechas y defendiendo abiertamente a representantes de la derecha. Todo esto, mientras su relato personal empezaba a tambalearse.
Lo grave no es que haya mentido. Lo grave es que muchos, desde el poder, usan esas mentiras como escudo para justificar sus políticas antisociales. Porque mientras los hospitales colapsan, la presidenta se pasea entre serpientes, y los medios aplauden el espectáculo.
No es nuevo. Pero lo grave no es que se repita. Lo grave es que ya casi nadie se escandaliza.
