Colmenar Viejo ya tiene 60.000 habitantes.
Eso dice con orgullo el Ayuntamiento, que lo celebra con vídeos promocionales, una “Family Weekend” y frases como “más de moda que nunca” o “un sitio para vivir”. Todo muy bonito... sobre el papel.
Pero aquí no vamos a hablar del cartel. Vamos a hablar de lo que hay detrás.
Porque el habitante 60.000 no es solo un número. Podría ser un niño recién nacido en el municipio. O una familia recién llegada que se empadrona con ilusión. Pero vamos a usar esta imagen como metáfora, como símbolo de todo lo que sí crece… y todo lo que no.
Imaginemos que ese niño nace hoy. Su abuelo llegó a Colmenar cuando aquí vivían 23.000 personas. Han pasado décadas. Pero ¿qué ha cambiado para mejor? Muy poco. Y muchas cosas, para peor.
Ese niño crecerá en un pueblo donde:
Solo hay una biblioteca pública, la misma de siempre. Y si quiere estudiar, tendrá que pedir cita previa como si fuera una consulta médica
Sus padres caminarán por las mismas aceras que su abuelo, muchas rotas, con baldosas sueltas, baches, y una dejadez crónica.
Las urgencias del centro de salud seguirán cerradas por la noche, como llevan desde hace más de cinco años. Si se hace daño jugando, a La Paz en Madrid.
No hay pediatras suficientes. Y si sufre una fiebre, la cita puede tardar días. Eso si consigue que le cojan el teléfono.
Su colegio estará lleno hasta los topes. Y cuando crezca, irá a institutos saturados, en barracones, o a clases donde la ratio es ya insostenible.
Sus médicos de cabecera se reparten entre centros y turnos porque no hay suficientes. Y eso que la población ha crecido más de un 50% en dos décadas.
Cuando sea adolescente, tendrá que conformarse con dar vueltas por el centro comercial, como hacen ya cientos de jóvenes, porque no hay ni cine, ni espacios juveniles, ni propuestas culturales reales para ellos.
El transporte público será el mismo de siempre. Un bus cada media hora, si llega. Una línea de cercanías que depende de los milagros.
Y la M-607 seguirá colapsada. Aunque le añadan un tercer carril, solo servirá para multiplicar los atascos, no para solucionarlos. Como mucho, para facilitar la llegada de los camiones de la macroplanta.
Porque sí, también vivirá a 1,2 km de una macroplanta de biogás.
Y quizá a poco más, de una macrogranja.
Todo aprobado sin preguntar. Todo “por su bien”.
Y no, no todo son los servicios. También es el alma del pueblo.
Su abuelo iba a las fiestas con la plaza de toros casi llena.
Hoy, no llega ni a un cuarto.
Las fiestas se han convertido en una fotocopia pálida de lo que fueron, con eventos repetidos, poco impulso cultural, y decisiones tomadas desde despachos que no pisan la calle.
Los eventos culturales, los conciertos, las exposiciones… siguen el mismo guión desde hace años.
Cambia el cartel, pero no la intención.
Y así, celebramos los 60.000.
Con un niño que crecerá viendo cómo su pueblo envejece en infraestructuras, en ideas y en ambición.
Crecemos en número, sí. Pero no en servicios. No en dignidad. No en futuro.
Y lo peor: los responsables miran hacia otro lado.
Prefieren aplaudir cifras, cortar cintas, y grabar vídeos
Pero no se atreven a decir lo evidente: que Colmenar necesita un plan, no un slogan.
Y llegará el día en que el niño 60.000 —o su hermano 60.001— se pregunte:
“¿Por qué crecimos tanto… si seguimos como estábamos?”
Ese día, quizás, hará falta menos confeti… y más conciencia.

