Capítulo 4 – El niño que no veía sombras
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.
Algunos se sientan a descansar.
Otros a mirar el valle.
Los más, ni lo ven.
Pero unos pocos…
los que llegan en el momento exacto,
con el alma abierta,
y el corazón sin prisa,
se sientan… y el tiempo se detiene.
Dicen que una vez, alguien lo hizo.
Que cerró los ojos, y al abrirlos,
había pasado un siglo.
Que vio a todos los que fueron, y a todos los que vendrán.
Que escuchó el eco de una guerra, y la risa de un niño aún no nacido.
Y que desde entonces…
cada vez que alguien se sienta,
una historia comienza.
Esta es una de ellas
Capítulo 4 – El niño que no veía sombras
Ese día, alguien más se sentó en el banco.
Pero no llegó caminando.
Llegó corriendo.
Y con la lengua fuera.
Llevaba zapatillas azules, un pantalón corto con dibujos de planetas,
y una camiseta con letras torcidas que decía:
“I was born in 2084”.
Dark lo vio llegar como quien ve acercarse un cometa:
rápido, inesperado, y con los ojos llenos de preguntas.
—¿Puedo sentarme? —preguntó sin esperar respuesta.
Dark asintió.
El banco crujió, como si no estuviera acostumbrado a niños.
O como si lo estuviera… pero de otro tiempo.
—¿Sabes una cosa? —dijo el niño—.
Yo no veo sombras.
Desde que nací.
Solo las de los demás.
Pero no la mía.
Dark ladeó la cabeza.
—¿Y eso te preocupa?
—No.
Pero mis padres dicen que sí.
Y el médico también.
Y un señor de bata que me dijo que era "neurológico no definido".
El viento se coló entre las hojas.
Una mariposa se posó en la rodilla de Dark.
Y el banco respiró.
—¿Y tú? —preguntó el niño—.
¿Tienes sombra?
Dark sonrió.
—Yo… tengo todas las que se han perdido.
El niño lo miró muy serio.
Se sacó algo del bolsillo.
Era una pequeña hoja de papel doblada muchas veces.
Se la ofreció.
—No sé qué dice.
Pero creo que es para ti.
La encontré en una caja rara.
Cerca de una fuente.
Dark la tomó con cuidado.
La miró un instante… y se la devolvió.
—¿Es parecida a la que tengo debajo del banco? —preguntó el niño.
—Sí, es la misma —respondió Dark—.
La abriste el otro día porque viste que tenía tu nombre.
—Pero está en blanco.
—Lo parece.
Pero si te fijas bien, en ella está escrito tu futuro.
Solo que hay que saber ver.
Como tu sombra.
No la ves… porque aún te falta fe.
—¿Fe?
—Fe no es creer en dioses.
Es creer que puedes mirar más allá de lo visible.
El niño abrió de nuevo la hoja.
Y sus ojos se agrandaron.
—Gracias.
Veo sombras…
—No, niño.
Ves tu sombra.
Y tu destino.
Dark le miró con ternura, y señaló el sendero.
—Sigue corriendo.
Ve a por ella.
El niño se levantó de un salto.
Sonrió.
Y antes de alejarse, giró la cabeza y preguntó:
—¿Tú también tienes un destino, Dark?
Dark no respondió.
Solo miró el horizonte.
Donde las sombras del atardecer comenzaban a alargarse.
Mientras lees este capítulo, deja que suene de fondo interpretado en vivo por Eleftheria Arvanitaki
Una melodía que habla de lo que no se dice, que acaricia el alma…
como lo hace el recuerdo de alguien que aún no se ha ido del todo.
Como ella. Como el pañuelo.
Como esas cartas que nunca llegaron a tiempo.
"Δώσ’ μου πίσω τα χρόνια μου, δώσ’ μου πίσω το παιδί μου..."
"Devuélveme mis años, devuélveme mi infancia..."
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👉 Ελευθερία Αρβανιτάκη - Παράπονο _ Η Ξενιτιά (Live στο Stage)
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