Capítulo 3 – El que no tenía nombre
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.
Algunos se sientan a descansar.
Otros a mirar el valle.
Los más, ni lo ven.
Pero unos pocos…
los que llegan en el momento exacto,
con el alma abierta,
y el corazón sin prisa,
se sientan… y el tiempo se detiene.
Dicen que una vez, alguien lo hizo.
Que cerró los ojos, y al abrirlos,
había pasado un siglo.
Que vio a todos los que fueron, y a todos los que vendrán.
Que escuchó el eco de una guerra, y la risa de un niño aún no nacido.
Y que desde entonces…
cada vez que alguien se sienta,
una historia comienza.
Esta es una de ellas
Capítulo 3 – El que no tenía nombre
Ese día, alguien más se acercó al banco.
Venía despacio.
Con pasos lentos, pensativos.
Como quien no camina con los pies, sino con el alma.
Se acariciaba la barba blanca, o quizás la peinaba,
como si buscara algo entre los hilos del tiempo.
Dark lo vio llegar.
No dijo nada.
Solo le miró con una leve inclinación de cabeza,
y con un gesto de la mano, le señaló el sitio libre.
El hombre se detuvo.
Miró el banco.
A Dark.
Volvió a mirar el camino.
Y al final, con la duda aún en los ojos,
se sentó.
—No tengo nombre —dijo el hombre.
—Yo tampoco —respondió Dark—. Caballero de figura triste… o pensativa.
Los nombres que nos pusieron no son nuestros.
Tampoco decidimos nacer, ni morir.
Ni siquiera estar aquí.
El hombre lo miró de reojo, aún con los dedos en la barba.
—¿Quién eres tú?
—Uno más del camino que nos atrae hasta aquí.
Como a ti. Como a todos los que se cruzan en el tiempo.
—Como dijiste… no tenemos nombre.
Ni patria.
Ni certezas.
Nacimos sin nada.
Y sin nada volveremos.
Dark asintió, en silencio.
Y luego, con la mirada en el horizonte, dijo:
—¿A dónde? No lo sabemos.
Como tampoco sabemos qué hacemos aquí.
El hombre giró el rostro y siguió mirando las montañas.
—Hoy están blancas —dijo—.
En unos días estarán secas.
—Así es el alma —añadió—. Blanca por las mañanas,
seca por las noches.
Dark negó suavemente con la cabeza.
—No…
Blancos son los pensamientos.
Secas… son las ideas.
El tiempo se detuvo un instante.
O se escapó en un suspiro.
Nadie lo supo.
Entonces el hombre metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó un papel doblado, envejecido.
Tenía el mismo color del tiempo.
El mismo olor que el silencio.
Se lo entregó a Dark.
—Toma.
Léelo tú.
Yo ya sé lo que pone.
Lo escribí hace mil años…
cuando aún no existía el tiempo.
Ni el silencio.
Dark lo abrió.
Lo leyó.
Tardó unos segundos.
O milenios.
Lo dobló con cuidado.
Y lo colocó debajo del banco,
junto a otras cartas que esperan su momento.
—La dejaré con las demás —dijo—.
Algún día volverán.
Como vuelve el sol tras esas montañas.
Blancas…
y secas, como las nubes del silencio.
Mientras lees este capítulo, deja que suene de fondo interpretado en vivo por Eleftheria Arvanitaki
Una melodía que habla de lo que no se dice, que acaricia el alma…
como lo hace el recuerdo de alguien que aún no se ha ido del todo.
Como ella. Como el pañuelo.
Como esas cartas que nunca llegaron a tiempo.
"Δώσ’ μου πίσω τα χρόνια μου, δώσ’ μου πίσω το παιδί μου..."
"Devuélveme mis años, devuélveme mi infancia..."
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