Con la poca responsabilidad que le caracteriza, Casado ha acusado al Presidente del Gobierno de las muertes causadas por el coronavirus, un virus del que casi nadie sabía nada hace tres meses y del que ahora todos sabemos como si hubiésemos dedicado años a su estudio en los mejores laboratorios del planeta.
La derecha española jamás fue generosa, por el contrario a lo largo de nuestra historia contemporánea siempre apoyó soluciones extremas contra el pueblo, desde que Fernando VII se dedicó a exterminar liberales en nombre de Dios hasta que su adorado Franco dejó España limpia de rojos y gentes de mala ralea, sin olvidar las brillantísimas actuaciones de Aznar y Rato al provocar la formidable crisis financiero-ladrillera o la de Rajoy al combatir esa crisis precarizando el trabajo, haciendo más ricos a los que ya lo eran y dañando los servicios públicos esenciales como la Sanidad Pública, que es la que ahora está dándolo todo para combatir los efectos fatales de esta epidemia que, por desconocida, carece de un manual de actuación unánimemente aprobado.
Ninguno de los procesos democráticos acaecidos en España durante los siglos XIX y XX contaron con la contribución positiva de la derecha patria. Antes al contrario, desde la proclamación de la Primera Constitución de 1812, cuya continuidad habría servido para volver a colocarnos entre los primeros países del mundo, la misión de la derecha fue siempre destruir la democracia invocando a Dios, a su patria y a su rey, a la tradición malentendida y casposa, inhabilitante, a la defensa de los privilegios de clase, de casta y estirpe, cuestión esta última sobre la que Mariano Rajoy escribió un magnífico artículo en El Faro de Vigo recordando lo aprendido del también magnífico político e intelectual franquista que fue Gonzalo Fernández de la Mora. Ni los bienios progresistas, ni la Gloriosa, ni las dos repúblicas contaron jamás con la colaboración de la derecha, que siempre eligió el fusil para combatir la libertad y acrecer el negocio. Hoy, igual que siempre, como si para ellos no hubiese pasado el tiempo, como si temiesen -tal vez sea eso- que después del inmenso dolor que la enfermedad está causando a miles de españoles, mañana cuando todo haya pasado un gobierno que no sea el suyo cante victoria y sea el encargado de elaborar las normas para la recuperación sin cargar todo el peso a los trabajadores y a los servicios públicos.
