Hay una verdad incómoda que muchos prefieren no mirar de frente: el cuerpo, si no se usa, se oxida. Y no, no basta con respirar. Ni con tomar diez pastillas al día. Tampoco con ir al médico y volver con la receta de una más, pensando que eso lo arregla todo.
Vivir no es estar tumbado en el sofá viendo la televisión entre el desayuno y la cena.
Vivir es moverse, pensar, cuidar lo que uno come… y tener ganas de estar un poco mejor cada día.
Y esto no es una crítica vacía. Es un grito suave —pero firme— para todos, especialmente para nuestros mayores, muchos de los cuales llevan años instalados en la frase: “yo estoy bien”. Claro que lo dicen, incluso cuando ya no caminan cien metros sin cansarse, o cuando suben un tramo de escaleras y necesitan sentarse. Lo dicen porque nadie quiere sentirse frágil. Pero la fragilidad no se vence con negación. Se vence con acción.
No hay edad para empezar a cuidarse.
Pero sí hay consecuencias por no haberlo hecho.
Y esas consecuencias aparecen justo cuando más podríamos disfrutar de la vida: cuando ya no hay niños que criar, trabajos que correr, horarios que cumplir. ¿Y qué pasa entonces? Que muchos no tienen energía ni para un paseo de cinco minutos.
El sedentarismo es uno de los grandes enemigos invisibles.
Pero hay otro que sigue ahí, más aceptado de lo que debería: el tabaco.
A día de hoy, seguir fumando es una decisión consciente contra tu propia salud. Y no es solo el dinero —que también, porque mantener ese hábito cuesta miles de euros al año—. Es el cuerpo el que lo paga. Los pulmones, el corazón, la piel, la energía. De jóvenes, no se nota. Pero la factura llega, y suele venir cuando uno empieza a tener tiempo. Justo cuando más podría disfrutar de estar vivo.
Y luego están los llamados “hogares de jubilados”, donde la mayoría de actividades se reducen a pasar la tarde jugando a las cartas o a la petanca. Y no es que eso esté mal —cada uno elige su ocio—, pero ¿dónde están las actividades que realmente incentiven la salud, el arte, el conocimiento, el cuerpo?
Una misa.
Una fiesta con churros y chocolate.
Una excursión anual, si hay suerte.
Y poco más.
Eso es lo que los gobernantes suelen ofrecer. Es descorazonador ver cómo, más allá de unas pocas celebraciones puntuales, la oferta de nuestros ayuntamientos para la tercera edad se limita a menudo a espacios donde el ocio pasivo es la única opción, en lugar de fomentar la vitalidad y el aprendizaje constante.
Da la sensación de que, una vez jubilados, la sociedad solo espera que nuestros mayores se queden “guardados”, en vez de seguir creciendo.
Este artículo no pretende ofender.
Pero tampoco callar.
Estamos viendo cómo envejece mal una generación que podría vivir mucho mejor, solo con un poco de constancia, voluntad… y dignidad. Porque sí: cuidarse también es un acto de dignidad.
No hay píldora que sustituya al aire fresco.
No hay carta que te devuelva los pulmones.
Y no hay sofá que te prepare para vivir más y mejor.
Solo hay que levantarse.
Un paso cada día.
Antes de que sea tarde.
