Mientras inventábamos el futuro, perfeccionábamos el horror

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Serie: Desde el Sofá
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Dejamos un año atrás. Podríamos decir 2024, 2025, 1925 o el año 125. Da igual el número; en lo profundo, todo sigue siendo exactamente lo mismo.

Tenemos inteligencia artificial, medicina que roza el milagro y tecnología que parece sacada de una película de ciencia ficción. He visto nacer la televisión, las máquinas de escribir, los primeros ordenadores, Internet, el teléfono móvil y ahora la IA… Pero al mismo tiempo que inventábamos el futuro, perfeccionábamos el horror.

He visto las cenizas de Vietnam, el odio fratricida en los Balcanes, el silencio aterrador del genocidio en Ruanda, la mentira convertida en fuego en Irak, el desierto desangrado de Siria y, ahora, el abismo insoportable de Gaza. Más de seis décadas de infiernos mientras hablábamos de “civilización”.

Y en medio de las balas, he visto morir la cercanía.

Recuerdo cuando los bancos tenían nombre de cajas de ahorros, cuando el director te saludaba por tu nombre y conocía la historia de tu familia. Recuerdo empresas donde el jefe y el empleado se miraban a los ojos, donde el negocio era una forma de vida y no una cacería.

Ahora, todo se ha vuelto frío. Hemos cambiado al vecino por el fondo buitre. Las cajas por máquinas de hacer dinero que no entienden de personas, solo de dividendos. He visto el ascenso de multinacionales que son más poderosas que los propios gobiernos; gigantes sin rostro que deciden nuestro destino desde un despacho a diez mil kilómetros, convirtiéndonos en simples datos, en una celda de una hoja de cálculo que alguien borra con un “click” sin pestañear.

Nuestra mayor especialidad no ha sido el progreso. Ha sido la crueldad y la avaricia.

Sabemos hacer guerra mejor que nunca y sabemos explotar al ser humano con una precisión quirúrgica. Medio mundo vive entre bombas y hambre, y el otro medio aprende a vivir del dolor ajeno, gestionado por algoritmos.

Y aun así… celebramos.

Celebramos el nacimiento de un niño en Belén, símbolo de amor y de paz, en la misma tierra donde nunca se ha dejado de matar. Antes por Roma, después por imperios, ahora por ideologías, banderas, religiones o poder. Siempre la misma historia con distintos uniformes, bajo distintos logotipos.

Adoramos dioses, estrellas y cielos, pero nos arrodillamos ante el mercado. Quemamos brujas, inventamos pecados, levantamos inquisiciones y sacrificamos vidas para que una frontera no se mueva o para que una acción no baje en la bolsa. Cambiamos las herramientas, pero no cambiamos la mente.

Dentro de cien años tendremos otras máquinas, otras ciudades, otros nombres. Pero si no ocurre algo profundo, seguiremos haciendo lo único que hemos perfeccionado sin descanso: hacernos daño.

Así que me pregunto, desde este sofá incómodo y humano:
¿qué es exactamente lo que celebramos?
¿La esperanza… o nuestra capacidad infinita de olvidar?

Porque si la historia sirve para algo, es para recordarnos que el verdadero milagro no es el progreso, sino que, a pesar de todo, aún quede alguien que se haga estas preguntas.

Gracias por acompañarme en este rincón de pensamiento.
Que el 2026 nos encuentre, al menos, intentando ser algo más que un dato en una hoja de cálculo.

HUMANOS.

Navidad humanos