La soledad del que despierta

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El Rincón
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Lo más duro de mi despertar no fue ver el mundo distinto, sino aceptar que yo también fui parte del rebaño. Y quizá —si soy honesto— en algunos rincones de mí, aún lo sigo siendo.

Durante años caminé por senderos que no había elegido, defendí ideas que no comprendía y confundí la libertad con la capacidad de consumir. Creía decidir, cuando en realidad solo repetía.

Un día empecé a viajar. No para ver paisajes, sino para entender al ser humano.

A los dieciséis, Alemania era un mapa de hierro y yo un tren de dudas; iba solo, pero por primera vez no me sentía perdido. Después recorrí España con una guitarra a la espalda y la intuición de que algo no encajaba. No buscaba postales. Buscaba miradas. Conversaciones en estaciones vacías, silencios compartidos, la verdad escondida en la gente sencilla. Viajaba con hambre de sentido y, sin saberlo, cada kilómetro no me alejaba del mundo: me acercaba a mí.

Más tarde entendí que no estaba viviendo, estaba obedeciendo.

El sistema no necesita barrotes. Funciona mejor sin ellos. No hacen falta cárceles cuando tienes tu casa, te encierras voluntariamente en ella, te pagas tu propia comida, trabajas para sostener la maquinaria y aceptas una educación que te enseña qué desear, qué temer y hasta qué considerar normal. Así, sin violencia, sin muros visibles, se siembran ideas de éxito, de progreso y de vida correcta, y se repiten hasta que olvidamos que no nacieron en nosotros. Las adoptamos, las defendemos y acabamos llamándolas “vida”.

De ese modo cambiamos el ser por el tener.
Los sueños por la seguridad.

Alquilamos nuestra existencia —lo único que realmente nos pertenece— a cambio de distracciones que anestesian. El domingo se convierte en una frontera de tristeza porque el lunes acecha. Celebramos los viernes y aguardamos veinte días al año como si eso fuera la libertad. Rellenamos el vacío con novedades: un teléfono nuevo, un partido, una serie más. Y entre risas y barbacoas, nos convencemos de que estamos vivos mientras algo dentro se apaga despacio.

Todo nace del miedo. Miedo a la intemperie, al vacío de no ser reconocido, a que el espejo nos devuelva una imagen que nadie más valide. El ser humano necesita pertenecer; es una herida antigua, biológica, profunda. Y esa necesidad, mal dirigida, nos vuelve dóciles. Por eso la mayoría elige el rebaño: no por ignorancia, sino por pánico a la soledad.

Pero existen otras manadas. No de obedientes, sino de personas despiertas. Guerreros silenciosos que prefieren la verdad incómoda a la mentira compartida.

Yo he caminado mucho tiempo solo y he aprendido algo esencial:

La soledad del despertar duele, pero ensancha el alma.
La compañía de los dormidos consuela, pero encoge la vida.

Despertar duele.
Sí.

Pero seguir dormido no duele…
simplemente te borra.

Si alguien quiere acompañar esta reflexión con una mirada visual sobre el despertar y la alienación moderna:
https://www.youtube.com/watch?v=j800SVeiS5I