Una reflexión poética y teatral sobre la vida como una gran partida de ajedrez: el tablero, el tiempo, la muerte, las pérdidas, las victorias silenciosas y ese impulso inexplicable que nos hace seguir moviendo piezas, aunque duela. Un texto íntimo, humano y universal, escrito desde el borde del tablero… y desde el alma.
MONÓLOGO DE LA MUERTE
(pieza adicional para “La Partida”)
MUERTE (en penumbra, sola, antes de que empiece la obra):
No temas mi nombre.
Otros me pintaron con huesos, con sombras, con gritos…
pero yo no soy eso.
Soy la frontera.
La línea que separa el ruido del silencio.
El último escalón del tablero.
No vengo a ganar.
No compito.
No muevo piezas.
Solo observo cómo jugáis.
Cómo corréis, cómo amáis, cómo perdéis peones que creíais eternos.
Cómo buscáis caminos imposibles, cómo tembláis ante el Reloj.
Ah, el Reloj…
Ese sí que manda.
Él marca, él empuja, él recuerda.
Yo solo espero.
A veces, cuando uno de vosotros cae, me acerco en silencio.
No para llevarlo, sino para preguntarle, con suavidad:
—¿Has vivido?
¿O solo jugaste por miedo?
Porque no soy el final, aunque así me llamen.
Soy la pregunta que llega cuando todas las demás ya han sido contestadas.
Y cuando termine la partida,
no te asustaré.
Solo me sentaré frente a ti,
miraré tu tablero, y diré:
—Cuéntame tu historia.
Cada pieza tiene una.
MONÓLOGO DEL RELOJ
RELOJ (voz en off, grave, sin prisa):
No corro.
No me detengo.
No cambio.
Solo soy.
Muchos me maldicen, como si fuera mi culpa.
Dicen que los persigo, que los apago, que los devoro.
Qué ironía…
Yo no hago nada.
Sois vosotros los que os desgastáis intentando ganarme.
Os aferráis a segundos que nunca fueron vuestros.
Guardáis minutos como si yo los prestara.
Y me pedís más, siempre más, sin entender que nunca tuve manos para dar…
ni para quitar.
Yo marco.
Eso es todo.
Soy compás, no sentencia.
Los que me escuchan aprenden.
Los que me odian tiemblan.
Los que me entienden viven.
Yo no os niego nada.
Solo os recuerdo que el tablero no es infinito.
Que cada movimiento pesa.
Que cada pieza tiene un precio.
Y que cada respiración es un turno que no vuelve.
No soy enemigo, ni juez, ni verdugo.
Soy el sonido que acompaña vuestra historia.
TIC.
Cuando nacéis.
TAC.
Cuando amáis.
TIC.
Cuando teméis.
TAC.
Cuando jugáis.
Y el último latido…
no lo doy yo.
Lo dais vosotros.
LA PARTIDA
PRÓLOGO – Desde el tablero
No me enseñaron a jugar. Me soltaron en medio del tablero sin reglas, sin instrucciones, sin saber si era blanco o negro mi primer movimiento.
De niño todo era juego: correr, reír, inventar mundos. Hasta que un día entendí que esto no era solo jugar… que aquí perder duele.
Me comieron peones sin avisar. Me dieron jaque sin que yo entendiera por qué. Intenté salir del tablero, pero siempre me empujaron de vuelta.
A golpes, a gritos, a silencios.
Con los años aprendí las reglas. Gané partidas que me hicieron daño. Perdí otras que me enseñaron. Algunas fueron tablas: ni gloria ni derrota. Solo lo que pudo ser.
Y entonces vi al Reloj. Siempre ahí. No opinaba, no jugaba, no paraba.
Hoy mis contrincantes son dos: la vida y el tiempo. Y pese a todo, sigo moviendo piezas.
Les enseño mis jugadas a los que quiero, no para que ganen, sino para que no tengan miedo de perder.
Cuando llegue el jaque mate, solo quiero que la Muerte me pregunte con ternura:
—¿Quieres otra partida… o nos vamos?
ACTO I – Tablero sin instrucciones (La pérdida de la inocencia)
Luz tenue. Un tablero roto. Un adolescente frente a él.
ADOLESCENTE: No me enseñaron a jugar. Solo me soltaron aquí. Sin reglas. Sin manual.
Creía que la vida era inventar sin perder.
Pero un día dijeron que había que comer, luchar, sobrevivir.
Y entendí: esto era un juego… pero uno donde perder duele.
Intenté escapar del tablero. Me sacaron. Me devolvieron a empujones.
Los silencios dolían más que los golpes.
Reloj (voz en off):
TIC. TAC. Cada segundo cuenta. Aunque no entiendas la partida.
ADOLESCENTE: Quise romperlo todo… pero el tiempo no espera.
No explica.
Solo marca.
La Muerte entró, o yo sentí su sombra. Elegante, serena, en el borde de mi visión.
Muerte: (voz sutil, casi mental o en susurro):
—No vine a jugar. Vine a mirar.
A veces, los que no saben las reglas hacen movimientos bellísimos.
ADOLESCENTE: Tomé una pieza. No por saber.
Por no rendirme.
Oscuro. Se apaga el tic-tac.
MONÓLOGO DEL TABLERO (LA EXISTENCIA)
EL TABLERO (voz profunda, antigua, casi sagrada): Nací antes que vosotros.
Antes que las reglas.
Antes que el primer miedo y la primera victoria.
Sobre mí habéis llorado, reído, sangrado, amado.
He sostenido todas vuestras historias sin romperme.
Soy escenario, testigo y memoria.
Nunca os dije cómo moveros.
Nunca os obligué a ganar.
Solo os di un espacio donde existir.
Las piezas cambian.
Los jugadores cambian.
Pero yo permanezco.
He visto coronarse peones que no creían en sí mismos.
He visto caer reyes que se creían eternos.
He visto torres proteger castillos que ya no existían.
Y alfiles cruzar diagonales imposibles solo por amor.
Vuestros pasos dejan huella en mis casillas.
Cada error me habla.
Cada jugada me enseña.
Cuando termináis la partida y os marcháis,
nunca me llevo vuestras piezas.
Me quedo con algo más valioso:
el eco de vuestra vida.
Porque yo no soy un simple tablero.
Soy el lugar donde se decide quiénes sois.
Y mientras sigáis moviendo piezas,
seguiré existiendo.
Esperando.
Guardando.
Recordando.
ACTO II – Tableros cruzados (La madurez y el sentido)
Un adulto joven, rodeado de varios tableros.
ADULTO: Ya conocía las reglas. Sabía sacrificar, defender, arriesgar.
Y aun así… gané partidas que dolían.
Perdí otras que me enseñaban.
Reloj: TIC. TAC. Ahora ya sabes quién soy.
ADULTO: Ya no jugaba solo. La vida se sentó a mi lado, moviendo piezas propias: pareja, amigos, hijos, proyectos.
Tenía tableros dentro de mí.
Les enseñé lo que aprendí a golpes.
No para que ganaran.
Para que no tuvieran miedo de jugar.
El tiempo marcaba más fuerte. Nada volvía a ser igual.
Pero seguí.
Porque ya no se trataba de ganar… sino de jugar con sentido.
ACTO III – Última jugada (La aceptación)
Un anciano frente a un tablero gastado.
La Muerte observa sin amenaza.
El Reloj suena lento, grave.
ANCIANO: He jugado muchas partidas.
Con rabia, con ternura.
Ganando sin saber qué hacer con la victoria.
Perdiendo y aprendiendo a levantarme.
El reloj nunca paró.
Ni cuando amé.
Ni cuando lloré.
Ni cuando enseñé.
Ahora las piezas pesan más. Cada movimiento tiene alma.
Muerte: —Has jugado con belleza. Con coraje.
Reloj: TIC. TAC.
Es hora.
ANCIANO: Hago mi último movimiento.
Jaque mate.
Muerte (suave): —¿Quieres otra partida… o nos vamos?
Oscuro.
Silencio.
EPÍLOGO – Carta a la vida
ANCIANO (voz en off, tras el silencio): Querida vida:
A veces fuiste rival, otras aliadas.
Me diste jaques, sacrificios, aperturas hermosas.
He dudado de ti… pero siempre terminabas sorprendiendo.
No sé cómo terminará la partida.
Pero mientras dure, seguiré jugando.
No por el mate.
Por el movimiento.
"AL FINAL DE LA PARTIDA, TODAS LAS FICHAS VAN A LA MISMA CAJA."
