Las imágenes de un padre corriendo con su hijo entre los escombros nos obligan a imaginar que la tragedia no ocurre lejos, sino en nuestra propia mesa.

Hoy, viendo las noticias en RTVE —menos mal que aún tenemos una televisión pública y plural, sin bulos— apareció una de esas imágenes que te atraviesan. Un edificio recién bombardeado, polvo, cascotes, gente corriendo, otros tirados en el suelo con suerte todavía con vida. Entre ese caos, un padre, con un niño de apenas diez años en brazos. El niño parecía un muñeco. El hombre corría desesperado, buscando un hospital que ya no existe, un socorro que nunca llega.
Estamos acostumbrados a estas escenas. Nos hemos insensibilizado. Pero para entenderlas de verdad hay que traerlas a nuestra realidad. Imagina la escena: tu familia reunida en la mesa, tu hijo de esa edad a tu lado, comiendo. De repente, la explosión. La casa bombardeada. La mitad de tu familia desaparecida. Y tu hijo, el que un instante antes sonreía, tirado en el suelo medio muerto.
Lo coges en brazos. Corres, gritas, lloras. Su cuerpo pesa como un muñeco; si se mueve es solo por el vaivén de tus pasos. Y sabes que, incluso si llegas, el hospital más cercano está a kilómetros y en las mismas condiciones que tú: sin poder atender a nadie.
Imagina esa escena. No es en Gaza, no es en una pantalla de televisión. Es en tu casa, en tu calle, con tus hijos, con tu familia.
Ese es el ejercicio que nos negamos a hacer: mirar y sentir que el niño en brazos de aquel padre podría ser tu hijo. Porque mientras apartemos la mirada, los escombros seguirán cayendo sobre otros.
Pero también hay otra verdad: los gobiernos callan, las instituciones miran hacia otro lado, y el mundo permite que siga la masacre. El silencio internacional pesa tanto como los cascotes que caen sobre los inocentes.
