Supervivencia en un hotel de playa día 5 – “Cómo arruinarte haciendo turismo nacional (sin salir de Granada)

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El Rincón
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Llegamos a Granada después de una carretera que parecía sacada del siglo XV: curvas, camiones, más curvas, la antigua N-340 y sus primas hermanas, como si en cualquier momento fuese a aparecérsenos un caballero templario bajando del puerto.

Eso sí: hotel de verdad. Cuatro estrellas que parecían cuatro estrellas, precio razonable, cama sin muelles rebeldes, baño decente y un recepcionista que sonríe sin pedir propina. Descargamos las maletas (para dos días, pero como si nos fuésemos seis meses a Katmandú), y salimos “a picar algo ligero”… porque, obviamente, el plan era pasear por la ciudad.

Primer destino: la Catedral. 14 euros por cabeza. Yo, que me llevaba años negándome a pagar por entrar a una iglesia por principios culturales y filosóficos (vamos, por cabezón), llegué tarde; ya me habían comprado las entradas. Así que pa' dentro. Al menos me quedó el consuelo de pensar que mi basílica tampoco tiene nada que envidiarle, excepto quizá los techos altos y los confesionarios de importación.

Seguimos caminando por el centro, calles llenas de encanto (y tiendas de souvenirs que venden abanicos como si fuesen lingotes de oro), hasta acabar en el famoso Mirador de San Nicolás. Llegamos pronto, a las ocho… ingenuos de nosotros. Hacer una foto allí es más difícil que ganar un Goya sin enchufe: gente pegada a la barandilla como si fuesen mejillones en roca, palos de selfie en posición de ataque, novios haciéndose promesas eternas, hippies con perro y turistas japoneses intentando inmortalizar la Alhambra con el trípode apoyado sobre tu zapato. Esperamos a que anocheciera… y al final no hice ni una puñetera foto: le di el móvil a mi hijo y me negué por dignidad artística (y por agotamiento mental).

La cena fue en un sitio “con encanto”, cerca de una plaza que recuerda a la Plaza Mayor madrileña, pero con más postureo y menos bocata de calamares. Pedimos patatas bravas (las valientes se quedaron en el campo), croquetas (que deberían haber venido con un exorcista, no con un tenedor) y cazón en adobo (todavía no sabemos si era cazón o caucho pasado). Resultado: a las 4 de la madrugada, vomitando una oda a la gastronomía sospechosa. Nota mental: nunca más dejarse llevar por el menú para turistas.

Al día siguiente tocaba La Alhambra. Subimos en un minibús donde llevar cinturón no es opcional: si no te amarras sales como proyectil en cada curva. La llegada fue como un aeropuerto: control de acceso con QR, DNI, bolsos al escáner, vigilantes con cara de agente de la CIA y miles de turistas buscando la misma foto de siempre, esa que jamás volverán a mirar. En mi caso, llevaba treinta años sin visitarla… y creo que volveré dentro de otros treinta si sigo vivo y me lo ahorro con una visita virtual.

En resumen, Granada es maravillosa, sí…, pero para la próxima, en vez de gastarme 300 euros en calor, colas y croquetas sospechosas, me quedo en casa viendo un documental de La 2, con el ventilador encendido… y la dignidad intacta.

Vaca 5 Granada