Tercera noche. Tercer intento de tener una cena tranquila en el hotel. Pero hoy ha sido imposible.
Ella llegó como una diva. Vestido de flores, móvil en mano, sonrisa programada. La abuela. No se sabe bien si es influencer o si se cree enviada especial del programa Viajeros Cuatro. Lo que está claro es que cada vez que alguien se levantaba por una croqueta, ella disparaba: foto. Ni el camarero se libró. Casi hace una foto al cocinero que salió con cuchillo en mano tras un pollo que, según ella, "iba corriendo solo por el pasillo del buffet".
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fueron los nietos.
Alejandro, Quinto, Luis, y otro que parecía repetido. Todos chillando, corriendo entre mesas, empujando sillas, y saltando sobre las chanclas de los demás como si el suelo fuera lava. Mientras tanto, ella —la abuela fotógrafa— centrada en enfocar al postre de gelatina con flash como si fuera una aurora boreal.
El abuelo, callado, con su plato de arroz a la cubana enfriándose. Miraba a su hija (la madre de las criaturas) con esos ojos de resignación que decían:
"¿Qué quieres que haga, hija? Ya la conoces… y quitarle el móvil sería peor que un divorcio."
A ratos parecía disfrutar la libertad que le da el caos:
"Mira, que hagan lo que quieran… si total, ya ni me pregunta dónde voy. ¡Al menos aquí hay buffet libre y cerveza fría!"
Yo, mientras tanto, rezando para que no me cayera un selfie encima o no me pillara en una foto con cara de “sálvese quien pueda”.
Cuando por fin se fueron, la paz volvió al comedor. Algunos comensales aplaudieron en silencio. Otros suspiraron como si hubieran sobrevivido a un huracán con nombre de señora mayor.
Conclusión del día:
En este hotel, la supervivencia no va solo de aguantar el calor o las colas del buffet… sino de esquivar cámaras, niños en modo torbellino, y suegras con objetivos.
Y aún quedan 4 días más.
