Érase una vez un reino situado en una tierra no muy lejana, donde un grupo de valientes había llegado al poder. No eran perfectos, pero trataban de cuidar a su gente: compartían el pan, construían puentes, y atendían a los enfermos sin preguntarles de dónde venían ni cuánto tenían.
Estos valientes no descendían de linajes nobles ni llevaban anillos con sellos antiguos. Venían del pueblo. Por eso, muchos en el reino les apreciaban. Pero también por eso, los Señores del Antiguo Régimen los odiaban.
Aquellos Señores llevaban siglos mandando. Eran dueños de las tierras, del oro, de los jueces, de los heraldos y de los pájaros que llevaban las noticias. Para ellos, el poder no se ganaba: se heredaba. Y ver a los valientes repartiendo trigo, abriendo libros y entregando llaves al pueblo... era una ofensa imperdonable.
Desde sus salones, comenzaron a urdir su plan. No querían enfrentarse con espadas, no. Usarían algo más efectivo: la mentira. Difundieron rumores de que los valientes eran traidores. Que escondían oro. Que querían destruir el reino. Y lo dijeron tantas veces que algunos comenzaron a creerlo.
Los heraldos a su servicio imprimían pergaminos con tinta envenenada. Los jueces fieles al antiguo orden lanzaban acusaciones sin pruebas. Y los viejos dragones, con sus discursos rimbombantes, soltaron frases peligrosas como: “Que cada uno haga lo que tenga que hacer y cargue con las consecuencias”. Una amenaza envuelta en poesía.
En las tabernas del reino ya no se hablaba del trigo ni del agua. Solo del miedo. Del "enemigo interno". Y mientras tanto, las Sombras crecían. Alimentadas por las mentiras de los Señores, se arrastraban sin que nadie supiera exactamente de dónde salían, pero todos notaban su presencia. Oscuras, rencorosas, susurraban al oído de los confundidos.
Aun así, los valientes no se rendían; con cada puente construido o cada libro abierto, seguían demostrando su compromiso. Sabían que el pueblo los había elegido. Que su causa era justa. Que mientras quedase alguien dispuesto a pensar por sí mismo, la luz no se apagaría del todo.
Y así, en medio del ruido y el humo, quedó una sola pregunta flotando en el aire del reino:
¿Cuántas veces deben repetirse las fábulas para que el pueblo aprenda a distinguir entre quienes quieren servir... y quienes solo quieren volver a mandar?
Dicen que este cuento aún no tiene final. Que cada día, con cada acto, con cada decisión... se escribe una nueva página. Y que quien quiera entender, entenderá.

