El Banco del Tiempo - Prólogo
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.

Algunos se sientan a descansar.
Otros a mirar el valle.
Los más, ni lo ven.
Pero unos pocos…
los que llegan en el momento exacto,
con el alma abierta,
y el corazón sin prisa,
se sientan… y el tiempo se detiene.
Dicen que una vez, alguien lo hizo.
Que cerró los ojos, y al abrirlos,
había pasado un siglo.
Que vio a todos los que fueron, y a todos los que vendrán.
Que escuchó el eco de una guerra, y la risa de un niño aún no nacido.
Y que desde entonces…
cada vez que alguien se sienta,
una historia comienza.
Esta es una de ellas
Descripción inicial – El Banco del Tiempo
Un día cualquiera.
O de cualquier mes.
O de ningún año.
Porque en el banco del tiempo eso no importa.
Todo comenzó.
O quizás terminó.
O quizás no ocurrió nada…
Salvo que ocurrió todo.
Menos el eso.
Pasó un muchacho de media edad.
O de la Edad Media.
No lo sé.
Pero pasó.
O dejó de pasar.
Vamos al grano.
O mejor dicho: vamos a la historia.
Que quizás no sea tal,
pero pasó.
O dejó de pasar.
Dejemos los quizás.
Filosofemos después.
Comencemos ahora.
O sigamos desde siempre.
Se sentó.
Eso sí lo tengo claro.
En el banco de madera junto al camino de la ermita.
Un banco que puede que esté tallado…
o puede que no.
Tal vez fue creciendo como un árbol horizontal.
O como una idea que se volvió asiento.
Pero estaba allí.
Y él se sentó.
Pasaron a su lado paseantes.
Algunos subían, otros bajaban.
Nadie se detenía demasiado.
O tal vez sí.
Tal vez todos se sentaban un segundo
en ese banco sin tiempo.
Pero eso…
es otra historia.
El muchacho permaneció allí unos minutos.
Que fueron siglos.
O segundos.
Para él, apenas un respiro.
Para los que lo vieron,
fue como si nunca se hubiera levantado.
Y entonces comenzaron a llegar.
Miles.
Almas cansadas.
Almas que pensaban.
Almas que no sabían por qué,
pero se sentaban.
Y en cada una…
una historia.
Una visión.
Una pequeña grieta en el tiempo.
Y el banco escuchaba.
Y el banco recordaba.
Y si tienes paciencia, lector,
iremos contando cada una.
En los próximos capítulos.
O quizás no.
Eso dependerá del tiempo.
Y de si el tiempo decide,
por un instante,
detenerse.
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