La M-607 y el cierre de la M-50: No es falta de dinero, es falta de respeto

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CRÓNICAS SIN ROTATIVA
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Tres décadas de espera, obras que coinciden con el calendario electoral y miles de horas perdidas en la M-607 reabren el debate sobre prioridades políticas y respeto al ciudadano en el norte de Madrid.

El cierre norte de la M-50 vuelve a escena. Declaraciones, reuniones, solicitudes institucionales y mensajes en redes. El eterno discurso de la urgencia. Que la mejora de la movilidad es necesaria nadie lo discute: los vecinos de Colmenar Viejo y Tres Cantos llevamos décadas soportando una presión creciente sobre la M-607 y la M-50. Pero la pregunta es: ¿por qué ahora?

Treinta años dan para mucho

La Comunidad de Madrid lleva gobernada por el Partido Popular desde 1995. Tres décadas. En ese tiempo hubo etapas de “alineación astral” en las que también gobernaba el PP en el Estado, especialmente bajo la presidencia de José María Aznar y posteriormente con Mariano Rajoy.

Fue precisamente en esos años de mayorías absolutas y sintonía total cuando el cierre de la M-50 quedó definitivamente aparcado. Más tarde llegó el PSOE con Pedro Sánchez, que encadena ya casi ocho años en el Gobierno central sin resolver el asunto. Han pasado administraciones de distinto color, han sobrado oportunidades políticas y el cierre norte sigue en el limbo. No es un problema nuevo; es estructural.

Prioridades que sí avanzaron

Durante estos treinta años se desarrollaron otras infraestructuras de gran coste y complejidad. Cuando hubo decisión política, se hicieron carreteras. Cuando algo fue prioritario, avanzó. El cierre de la M-50 no lo fue.

M-607: la ratonera diaria

Hablemos de la M-607, responsabilidad directa de la Comunidad de Madrid. Tras casi treinta años de conversación política, el tercer carril por fin está en marcha. Nadie discute la necesidad. Lo que se cuestiona es la planificación.

Según datos oficiales de intensidad media diaria, algunos tramos de la M-607 superan los 100.000 vehículos al día en sus enlaces más próximos a Madrid, con volúmenes que rondan los 60.000–70.000 vehículos diarios en el entorno de Tres Cantos y Colmenar. Estamos hablando de una de las vías más transitadas de la región.

Y ante una carretera con ese volumen de tráfico, la pregunta es inevitable: ¿antes de iniciar unas obras que afectan a decenas de miles de conductores diarios no se podían haber planificado desvíos provisionales más ambiciosos o soluciones alternativas temporales para evitar atascos de hasta dos horas?

En grandes infraestructuras es habitual habilitar rutas alternativas señalizadas, reorganizar fases de obra o intensificar trabajos en fines de semana y horarios nocturnos para minimizar el impacto. Aquí, en cambio, la percepción ciudadana es que el calendario político pesa más que el alivio inmediato del conductor.

Además, conviene recordar algo evidente: un tercer carril no elimina por sí solo un problema estructural si el crecimiento urbano y la dependencia del vehículo privado siguen aumentando. Puede aliviar, pero también puede convertir un atasco de dos carriles en uno de tres.

El silencio económico

En este escenario de caos diario, sorprende la escasa reacción pública de la patronal y de las asociaciones empresariales de la zona. Miles de horas productivas se pierden cada semana en esta carretera. La economía del norte no se mueve sola; la mueven personas que pasan más tiempo en el coche que en su puesto de trabajo.

Elecciones y memoria

Cuando el calendario electoral se activa, las infraestructuras despiertan. Proyectos en pausa encuentran impulso y reivindicaciones históricas se convierten en urgencias inmediatas.

El PSOE ha gobernado y no lo ha ejecutado. El PP lleva treinta años en la Puerta del Sol y tampoco lo impulsó cuando tenía la llave de la Moncloa. Aquí nadie puede presumir de manos limpias.

Pero lo que el ciudadano no puede aceptar es que le traten como si careciera de memoria.

Una cuestión de respeto

La política mide el tiempo en votos.
El ciudadano lo mide en horas perdidas.

Y cuando esas horas se acumulan durante décadas y las soluciones aparecen justo antes de votar, ya no hablamos solo de infraestructuras.

Hablamos de respeto.

Y el respeto no se inaugura con una cinta ni se asfalta en campaña electoral.