Reflexiones desde el único sitio donde nadie te interrumpe
¿Y si te dijera que uno de los lugares más importantes para la humanidad no es el Vaticano, ni Silicon Valley, ni el Congreso de los Diputados… sino el cuarto de baño?
No te rías. Piénsalo. Ahí nacen ideas, ahí se reflexiona con el móvil en la mano, ahí el tiempo se detiene y hasta el más agitado se calma. Es nuestro confesionario laico, nuestra cápsula de meditación... y nadie habla de él.
De los libros al scroll (y otras lecturas de emergencia)
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que se entraba con una revista, un cómic, o el periódico doblado por la mitad. Era el momento de ponerse al día… con uno mismo. Y dependiendo de la edad, también podía ser una de esas revistas de “lectura ligera”, digamos… de carácter anatómico. Nadie lo admitía, pero todos sabíamos de su existencia.
Y si no había nada a mano, la creatividad se disparaba: uno terminaba leyendo el bote del champú, el cartón del papel higiénico o incluso... las paredes.
Sí, las puertas de los baños públicos eran como los precursores del Twitter: frases breves, insultos, reflexiones espontáneas, y alguna declaración de amor adolescente tachada con rabia.
También estaban los que entraban con sueño, y salían diez minutos después… renovados o más dormidos.
Y sin entrar en terrenos de morbo, que eso ya es otro artículo (o una confesión), el baño ha sido escenario de todo tipo de aventuras humanas que nadie cuenta… pero todos viven.
No hay aplausos ni homenajes para el rollo de papel higiénico. Nadie le dedica canciones, ni tiene días internacionales (al menos no populares). Pero ¡ay si falta! Entonces, se encienden las alarmas.
Y no hablo en sentido metafórico. Me refiero al momento real, íntimo y casi trágico, en que vas a echar mano de él… y descubres que no hay papel.
Ese instante en que el cielo se te cae encima, la mente se nubla, y la supervivencia entra en modo activo.
Aquí hay versiones para todos los gustos —por decir algo— pero todos buscamos cómo salir airosos.
Algunos recurren a técnicas creativas, otros al grito de auxilio, y no falta quien ha salido con una prenda menos de la que entró.
Porque sí, en ese momento, todo sirve: el ingenio, el coraje y hasta el calcetín.El papel higiénico es el verdadero barómetro social. Que no te engañen las encuestas ni el IBEX: cuando hay miedo, lo primero que vuela de los supermercados… es el papel.
Lo vimos en la pandemia. Y no una vez, sino varias. Bastaba con que se anunciara una restricción, un brote, un estado de alarma… y las estanterías de “ese papel de la vida” quedaban más limpias que el chorro del oro, mientras otras zonas del súper —leche, arroz, verdura— seguían medio llenas.
Era el apocalipsis… pero con el trasero cubierto.
Recuerdo ver carros de la compra que parecían abastecer a una granja de elefantes con gripe intestinal. Personas que no llevaban pan, pero llevaban 36 rollos. Por si acaso.
Como si el mundo se fuera a acabar, pero la dignidad (limpia) hubiera de mantenerse intacta.
Porque sí, el papel higiénico no alimenta, no cura ni abriga… pero tranquiliza el alma.
Y eso, en tiempos de crisis, vale más que el oro.
El tabú más limpio
Hablar de sexo ya no es tabú. Hablar de política, tampoco.
Pero hablar del váter sigue siendo “vulgar”.
Y sin embargo, ¿qué ser humano no pasa por allí todos los días? ¿Qué pareja no se ha escuchado mutuamente toser desde dentro y luego hacer como si nada?
Es el lugar donde todos, seamos quien seamos, somos exactamente iguales.
🪞Un espejo existencial
En ese silencio íntimo, rodeados de azulejos y olores del alma, uno puede enfrentarse a preguntas universales:
—¿Qué estoy haciendo con mi vida?
—¿Por qué no contestó ese mensaje?
—¿Por qué no cerré la llave del gas?
Y, por supuesto:
—¿De qué están hechos los chorizos de supermercado?
Epílogo desde la taza
Quizás sea hora de reconocer al baño como el último templo laico de nuestra civilización.
No todo lo sagrado huele a incienso…
A veces, huele a ambientador de pino.

