Vivimos rodeados de pantallas, de titulares fugaces, de alertas que saltan cada minuto. Y sin embargo, parece que ya no vemos. No sentimos. No reaccionamos. ¿Qué le pasa a la humanidad?
Mientras el mar se llena de plástico hasta formar un nuevo continente flotante, seguimos bebiendo café en vasos de un solo uso, comiendo fruta envuelta en plástico y creyendo que el reciclaje mágico lo soluciona todo. Como si tirar al contenedor amarillo fuera una absolución ecológica. Como si no supiéramos que el planeta ya está gritando.
Mientras Gaza arde bajo bombas que destruyen escuelas y hospitales, seguimos con nuestras rutinas, mirando hacia otro lado. Y si miramos, lo hacemos a través de filtros: "Es complicado", "hay dos versiones", "mejor no opinar". Pero los niños muertos no tienen bandos. Los huérfanos no entienden de geopolítica.
En Ucrania, decenas de miles de jóvenes han muerto por decisiones tomadas en despachos que están muy lejos del barro y del miedo. Se habla de valores, de fronteras, de enemigos... pero casi nunca se habla del sufrimiento. Del precio real que pagan los pueblos, siempre los pueblos.
Y mientras tanto, en nuestras calles, seguimos atrapados en discusiones vacías. Que si la izquierda, que si la derecha, que si la culpa es del otro. Todo mientras las decisiones verdaderas se toman muy lejos de las urnas, en despachos, en cumbres, en cuentas bancarias.
Los grandes medios, financiados por quienes mandan, nos venden escándalos y morbo. Y nosotros, agradecidos, hacemos clic. Compartimos memes. Nos reímos. Nos indignamos un rato. Y luego, seguimos igual.
La juventud camina con la cabeza agachada, mirando pantallas. En los grupos de amigos, ya no se habla: cada uno está sumergido en su móvil, y a veces se escriben entre ellos sin levantar la vista. En las comidas familiares ya no hay diálogo, solo el resplandor azul de las pantallas sobre la mesa. O cada uno en su cuarto, aislado, frente a una.
Las universidades ya no enseñan: adoctrinan o repiten historias de hace siglos sin conexión con la realidad. Muchos jóvenes salen de ellas sin herramientas, sin rumbo, sin futuro. Y en los trabajos, más de lo mismo: reuniones, presentaciones, corbatas, palabras vacías. Gente que se cree importante mientras espera una nómina que no llega al día 30.
Y todo esto ocurre mientras los poderes económicos reales —las multinacionales, los fondos de inversión, los grandes bancos— manejan los hilos de los gobiernos, de los medios, de la opinión pública. Los políticos no gobiernan: obedecen. Las televisiones no informan: distraen. Y los periódicos, los canales, las radios... están todos en manos de unos pocos grupos que deciden lo que el mundo debe pensar.
Antes los esclavos estaban encerrados, con cadenas. Había que alimentarlos, vigilarlos, contenerlos. Ahora ya no. Ahora el sistema es más perfecto: te dan un trabajo, una nómina ajustada, y tú te compras tu ropa, tu comida, tu techo. Trabajas para pagar, y pagas para seguir trabajando. La esclavitud se ha modernizado. Se ha disfrazado de libertad. Es el siglo XXI.
La humanidad parece dormida. O ciega. O anestesiada.
Pero hay quienes aún escriben. Quienes fotografían. Quienes denuncian. Quienes, aunque solos o ignorados, siguen lanzando palabras como si fueran semillas. Por si alguna germina.
No es un llamado a la revolución. Es un susurro: ¿qué nos pasa? ¿Cuándo dejamos de sentir? ¿Cuándo aceptamos que la barbarie es normal?
Quizás aún estemos a tiempo.
Quizás.
