Estaba en el sofá de Móstoles, con mi suegro al lado y el mando a distancia saltando de canal en canal como un colibrí nervioso.
Antena 3, Telecinco, otro más… y vuelta a empezar.
Presentadores sonrientes, risas enlatadas, trajes imposibles, aplausos por cualquier cosa…
y yo pensando:
¿De verdad esta es la sociedad que somos?
La televisión ya no informa: anestesia.
No cuenta el mundo; lo maquilla, lo simplifica, lo convierte en un patio de colegio para adultos cansados.
Todo es espectáculo, todo es ruido, todo es emoción prefabricada.
Y mientras tanto, la realidad —la que duele— se queda fuera de plano.
Miraba al público —gente mayor, muchos ya peinando canas— reír, aplaudir, asentir.
Y no podía evitar preguntarme:
¿cuántas decisiones importantes están naciendo en cabezas que llevan años sin que nadie les invite a pensar?
Hace unos días, en plena sesión parlamentaria, el propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, dijo algo que, por una vez, sonó más a verdad que a consigna:
“Esto es un circo.”
(como ya contamos entonces en nuestro artículo sobre el Senado convertido en escenario)
Y tenía razón.
Un circo donde se montan comisiones de investigación solo contra los de enfrente.
Donde nadie investiga a los suyos.
Donde la verdad importa menos que la mayoría.
¿Y por qué ocurre esto?
Porque tienen mayorías.
¿Y por qué las tienen?
Aquí está la raíz del problema: porque esta es la sociedad que las produce.
La semana pasada fui a comer a Madrid, por la zona de Cuzco.
No caí en que había partido en el Bernabéu.
Bastaron diez minutos para entenderlo todo: mareas humanas, bufandas, gritos, bocinas, bares desbordados, emoción colectiva en estado puro.
Y pensé:
si esta energía se pusiera alguna vez al servicio de la educación, la ética o la política, este país sería imparable.
No es una crítica al fútbol.
Es una radiografía.
Sabemos organizarnos, emocionarnos, sufrir y celebrar juntos.
Lo que ocurre es que hemos decidido hacerlo casi exclusivamente por aquello que no cambia nada.
Mientras el estadio ruge, el Parlamento bosteza.
Mientras la grada arde, la conciencia duerme.
Y luego nos preguntamos por qué gobiernan los que gobiernan.
Platón ya lo advirtió hace más de dos mil años:
cuando el poder lo decide una masa sin formación ni criterio, no gobiernan los sabios, gobiernan los que mejor saben seducir a la masa.
Hoy los gobernantes no necesitan ser justos ni inteligentes: necesitan ser entretenidos.
Lo verdaderamente preocupante no es la televisión.
Ni siquiera es la política.
Es que todo esto nos parece normal.
Quizá no sea resentimiento.
Quizá sea cansancio.
O quizá sea simplemente que a algunos todavía nos duele ver en qué nos estamos convirtiendo.
Porque el problema no es que existan los circos.
El problema es que hemos olvidado que somos algo más que público.

