Durante años, el Gobierno del PSOE se encontró gestionando una tormenta perfecta. Una pandemia sin precedentes, una inflación global desatada tras la guerra en Ucrania, crisis energética, una deuda pública heredada y una presión social creciente. Y, a pesar de todo, mantuvo a flote el barco. Fue un tiempo donde el diálogo con Europa, la inversión pública y los acuerdos sociales marcaron el camino. Se logró reducir el paro, se elevaron los salarios mínimos, y se protegió a las clases trabajadoras mientras se sostenía una economía herida por choques externos.
Pero en lugar de reconocimiento, recibió fuego cruzado. Desde la oposición, la estrategia del Partido Popular fue clara: desgastar al Gobierno a toda costa. No importaba si había que generar ruido, crear confusión o aprovechar cualquier tragedia nacional. El objetivo era desgastar, sembrar dudas, erosionar la legitimidad de quien gobernaba.
Ahora, con líderes como Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid o Alberto Núñez Feijóo como presidente del Partido Popular y líder de la oposición, vemos una escalada de esa misma táctica destructiva. El caso de Barcelona, donde el PP ha llegado a extremos de bloqueo sistemático y de crispación constante, es otro ejemplo más. La política ya no se basa en construir, en mejorar la vida de la gente, sino en destruir al rival, en bloquearlo, en obstaculizar cualquier avance que no sea propio.
Y aquí es donde debemos preguntarnos: ¿qué haríamos nosotros si estuviéramos al frente de un país en crisis? ¿Atacar sin descanso a quien gobierna? ¿O arrimar el hombro, proponer soluciones, pensar en el bien común?
Una oposición que solo sabe gritar y destruir no merece el poder. Gobernar es algo más que dar titulares y tuitear frases agresivas. Gobernar es sostener lo frágil, es reparar lo roto, es construir futuro. Y mientras unos se dedican a incendiar los puentes, otros —pese a las críticas— han demostrado que es posible avanzar incluso en medio del temporal.
Ayer, sin querer, pasando canales con el mando, terminé en Telemadrid. Uf… rápidamente intenté volver a mi canal habitual, pero por puro morbo me quedé un momento a ver qué decían en las noticias. Y lo que vi fue, sinceramente, vergonzoso. Más de lo mismo: ataques sistemáticos al Gobierno desde todos los ángulos posibles. Que si el hermano del presidente, que si un apagón, que si esto o lo otro. Nada sobre el novio de la presidenta, ni una sola mención a Mazón, ni palabra de los imputados por el escándalo de las residencias.
Lo más preocupante no es ya el sesgo evidente, sino que en una democracia no tenemos herramientas reales para contrarrestar este tipo de desinformación, medias verdades y manipulaciones que se presentan como información objetiva.
Telemadrid es solo un ejemplo, pero uno especialmente grave, porque se supone que debe ser una televisión pública al servicio de todos los madrileños, no una herramienta de propaganda partidista. Lo peor es que las demás cadenas ya son privadas, y ahí no se puede hacer nada. La democracia está vendida a esos medios que difunden odio, mentiras y verdades a medias, con tertulianos que ya conocemos, sabemos de dónde vienen y quién les paga. A esto se suman los millones de euros en contratos y publirreportajes pagados desde gobiernos autonómicos como el de Madrid. Dinero público, de todos los madrileños, que termina financiando contenidos sesgados, campañas de imagen y silencios calculados. Porque nadie muerde la mano que le da de comer. Pero como nos falta una buena ley de medios, como la que existe en muchos países europeos, aquí se impone lo que los de arriba dictan: engañar al pueblo.
Es lo mismo que ocurre con las urgencias en Colmenar Viejo o Tres Cantos, cerradas desde hace más de cinco años. Y tampoco se puede hacer nada. En teoría vivimos en democracia, pero cuando se trata de injusticias sociales cometidas por gobiernos que miran hacia otro lado, el ciudadano se encuentra impotente, sin recursos, sin respuesta. ¿Dónde está entonces la verdadera voz del pueblo?
Y luego están esos votos cautivos. Personas que, pase lo que pase, seguirán votando a los suyos aunque les quiten derechos, servicios o dignidad. No importa cuántas pruebas se les presenten, cuántas mentiras se demuestren o cuántos abusos salgan a la luz. Prefieren seguir dentro del rebaño antes que pensar por sí mismos. Y eso es quizá lo más difícil de combatir: las mentes cerradas, que confunden lealtad con ceguera, y obediencia con identidad.
Una muestra clara de esta desconexión democrática la vemos en Colmenar Viejo. En las elecciones municipales de mayo de 2023, con un censo de 38.468 personas, votaron 26.654 vecinos. Es decir, más de 11.800 personas no participaron. Aunque el porcentaje de participación fue del 69,28 %, la abstención superó el 30 %. ¿Qué significa esto? Que quien gobierna, lo hace sin representar realmente a toda la ciudadanía, y muchas veces ignorando incluso a la oposición. Gobernando por decreto, sin diálogo, sin consenso. ¿Eso es democracia? ¿O es simplemente poder sin control?
Y no es un caso aislado. En el vecino municipio de Tres Cantos, también en las elecciones municipales del 28 de mayo de 2023, los datos muestran un censo electoral de 38.430 personas, de las cuales votaron 29.628. La abstención fue de 8.802 personas, lo que representa un 22,91 %. Aunque la participación fue más alta que en Colmenar Viejo (77,09 %), sigue habiendo una porción importante de vecinos que no se sienten representados o que han desistido de ejercer su derecho. ¿Qué democracia puede construirse sobre esa base de desconexión y apatía ciudadana?
Y lo más grave no es el presente... es lo que estamos dejando sembrado para el futuro. Porque esto no va solo de nosotros, de nuestras frustraciones o de nuestras ideas. Va de nuestros hijos, de nuestros nietos, de las generaciones que vendrán. ¿Qué democracia van a heredar si dejamos que la actual se pudra en manos de quienes solo saben gritar, dividir y manipular? ¿Qué país les quedará si seguimos votando desde el miedo o la costumbre, y no desde la razón y la esperanza?
Porque no es lo mismo liderar que gritar. Y no es lo mismo amar a tu país que desear su ruina con tal de conquistar el poder.

