Anoche se celebró Eurovisión. O mejor dicho, se ejecutó el guion perfecto del show europeo enlatado, políticamente conveniente y éticamente vacío. Porque sí, hablamos de música, luces, pantallas LED y abrazos multiculturales… mientras al mismo tiempo, en Gaza caían bombas.
¿Y quién actuaba en ese preciso momento? La representante de Israel.
Europa, la misma que expulsó a Rusia por invadir Ucrania, permitió que Israel participara en el certamen mientras sigue ejecutando —según cientos de organizaciones internacionales— un genocidio abierto en Palestina. Más de 60.000 muertos, miles de ellos niños, sin agua, sin comida, sin luz. Pero al parecer, si las bombas llevan la bandera adecuada, se pueden cantar encima.
Y no solo eso. Israel casi gana.
El espectáculo por encima de la conciencia
Eurovisión hace tiempo que dejó de ser lo que era. Ya no es música en directo: es un producto empaquetado, milimetrado, donde las emociones se programan como efectos de humo. ¿Y el directo? Solo si llamamos “en directo” a una sucesión de cortes, planos enlatados y coreografías ensayadas con precisión militar.
Pero lo que más molesta no es la puesta en escena. Es la doble moral europea.
Se sanciona a unos y se protege a otros según convenga. Se expulsa a Rusia por una invasión, pero se abraza a un Estado que bombardea población civil sin piedad, mientras su representante canta con lágrimas artificiales en el escenario. Lágrimas de diseño. Lágrimas con patrocinio.

¿Y España? Otro año más, carne de meme
Algunos todavía soñaban con que España ganase. Pero Eurovisión no se gana con canciones. Se gana con alianzas, bloques de voto, narrativa política… y lo que en realidad conviene al espectáculo. Da igual la calidad o el mensaje. Da igual la emoción sincera.
España, como cada año, fue tolerada, pero nunca considerada.
Porque Eurovisión, hoy, ya no es un festival de música. Es un escaparate de conveniencias diplomáticas, de silencios cómodos y de decisiones coreografiadas.
La música no debería tapar las bombas
La música fue siempre una forma de denuncia, de unión, de empatía. Hoy, Eurovisión la ha convertido en un instrumento de maquillaje político. Se canta para distraer, no para despertar. Se vota por bloques, no por belleza. Y se aplaude lo que conviene, no lo que emociona.
Anoche, mientras Europa fingía bailar unida, Gaza ardía sin cámaras.
Y eso, lo diga quien lo diga, no es espectáculo. Es vergüenza.
