En los últimos días hemos visto cómo, tras un apagón parcial en España, la maquinaria mediática se ha activado para culpar a las energías renovables. Algunos titulares no tardaron ni una hora en señalar al sol y al viento como culpables, mientras las voces del gas, las eléctricas de siempre y los defensores de la nuclear se frotaban las manos.
Pero la realidad —una vez más— va por otro lado.
El apagón se resolvió en pocas horas. La causa no está clara. Pero el interés de algunos sí.
Y no es nuevo. En 2016, en Australia del Sur, ocurrió lo mismo: un gran apagón, titulares atacando a las renovables y voces diciendo que “habíamos ido demasiado lejos”.
¿Y qué hizo el gobierno australiano?
Redobló su apuesta por las energías limpias.
Instaló baterías a gran escala, reforzó la red con sistemas de respaldo modernos y hoy ya superan el 75% de energía renovable en su mix eléctrico, y van camino al 100% en 2027.
¿Resultado? No han vuelto a sufrir un apagón y la factura de la luz bajó un 52%.
Porque sí: las renovables no solo son limpias. Son baratas. Son descentralizadas. Y son seguras.
Pero también tienen un “problema”: no dependen de grandes monopolios.
Y eso... duele.
En España ya hemos demostrado que podemos hacer lo mismo.
El 56% de la electricidad generada en 2024 fue renovable. Tenemos el doble de sol que Alemania, y si sumamos almacenamiento con baterías e hidráulica de bombeo, podemos tener la energía más barata de Europa.
Podemos dejar de importar gas, uranio o petróleo.
Podemos ganar soberanía energética, bajar los precios, y encima luchar contra el cambio climático.
Pero cada vez que damos un paso, aparece un apagón, un artículo alarmista, o un político de turno que, con tono grave, nos dice que hemos ido demasiado lejos.
Demasiado lejos... para quién.
Hasta en Texas, la cuna del gas, hicieron lo mismo: sufrieron un gran apagón por una ola polar, y ¿qué hicieron?
Duplicaron la potencia renovable y añadieron baterías equivalentes a seis reactores nucleares.
Esto no va de ideologías. Va de intereses.
Y va de decidir:
¿seguimos entregando el control de nuestra luz al mismo puñado de empresas de siempre?
¿O apostamos de verdad por un sistema limpio, descentralizado y justo?
Porque lo que está en juego no es solo la factura.
Es la soberanía, la salud, el planeta… y el futuro.
Es la hora del sol y del viento. Y es ahora.
