En estos días en los que algunos vecinos se echan a la calle para intentar frenar la macroplanta de biogás, hay otros que prefieren mirar hacia otro lado. Sentados en terrazas, paseando con sus hijos hacia el parque o simplemente cruzando la manifestación con cara de molestia porque se corta su paso.
Lo sabemos: hay libertad de pensamiento, de expresión, de movimiento. Pero hay algo que no debería olvidarse: los que se manifiestan no lo hacen por interés personal, ni por una subida de sueldo, ni por un despido colectivo. Lo hacen por todos.
Por ti. Por tu aire. Por el agua que beberás. Por el entorno en el que crecerán tus hijos.
Y sin embargo, hay quien vive en una burbuja de indiferencia, convencido de que esto no va con ellos. A esos, va este humilde aviso para navegantes:
Si piensas que la macroplanta no te afectará, es que no estás en la realidad.
El aire no tiene carnet de partido.
Los olores no respetan tu terraza.
Y la degradación ambiental no entiende de ideologías.
Ya lo vimos ayer: un pleno en el que el PP y la abstención del PSOE decidieron el futuro de un municipio entero. Y lo hicieron desde sus sillones, los mismos desde los que llevan años cobrando sueldos que multiplican por cinco el salario mínimo.
Y que nadie olvide esto: esos sillones no los ganaron por méritos propios. Los ocuparon gracias a los votos de miles de ciudadanos que creyeron en ellos. Ciudadanos que ahora son ignorados mientras los partidos les dictan qué hacer, qué votar, y cuándo callar.
Mientras tanto, los que sí dan la cara en la calle son señalados, cuestionados o despreciados.
Tomad nota: así están otros pueblos por no actuar a tiempo
Algunos piensan que esto del biogás “no va con ellos”, que es una exageración, que ya se verá.
Pero mientras miramos hacia otro lado, otros pueblos de España ya están pagando el precio de haber callado o confiado en quienes no merecían confianza. Aquí van algunos ejemplos reales:
Llutxent (Valencia)
Vecinos soportan olores insoportables, especialmente en verano. Han tenido que cerrar ventanas y evitar salir al aire libre. Lo que iba a ser "energía verde", terminó afectando a su calidad de vida.
Pinarejos (Segovia)
Planta proyectada a solo 1,5 km del pueblo. La gente se levantó, pero tarde y divididos. El proyecto sigue en pie. Ahora temen lo mismo que nos espera aquí: camiones, olores, contaminación y abandono.
Pedrosa del Rey (Valladolid)
Un pequeño municipio que dijo “no” a tiempo… pero solo después de más de 1.300 firmas y semanas de lucha. Los vecinos saben que, si no paran el proyecto, sus casas valdrán menos… y su salud también.
Molina de Segura (Murcia)
Planta proyectada junto a zonas residenciales y colegios. Familias luchan por algo tan básico como proteger a sus hijos del humo y el olor. Todo aprobado sin apenas informar a la ciudadanía.
Almansa (Albacete)
Una planta ligada a fertilizantes reabrió y trajo malos olores, insectos y molestias constantes. Ahora se proyecta una planta mayor, con las mismas promesas vacías.
Y lo peor de todo: los que lo sufren ya no pueden hacer las maletas.
Porque sus casas ya no valen lo mismo. Porque sus pueblos ya no son lo que eran.
Porque cuando no se actúa a tiempo, luego solo queda resistir… o huir.
Alemania… no es todo tan verde
Sí, Alemania tiene más de 9.000 plantas de biogás.
Pero muchas son pequeñas cooperativas agrícolas, alejadas de pueblos, con fuerte regulación y participación ciudadana.
Aquí se quiere aplicar ese modelo al estilo español: opaco, industrial y cerca de viviendas.
📍 En Baviera: protestas por olores y tráfico.
📍 En Mecklenburg: fugas de metano y accidentes.
📍 En Sajonia: explosiones por mala gestión.
“Lo que funciona en Alemania, aquí lo convierten en negocio para unos pocos…
y en problema para todos.”
Francia: más de lo mismo
En Tracy-le-Val (región de Oise), los vecinos llevan años sufriendo un olor a col podrida causado por plantas cercanas.
Crearon la “brigada de la nariz” para rastrear el origen de los olores y exigir responsabilidades.
Mientras las empresas niegan todo, ellos siguen respirando el mismo aire contaminado cada día.
Otra verdad incómoda:
La muerte no sabe de partidos.
Ni de ricos, ni de pobres.
Ni de buenos, ni de malos.
Cuando algo huele mal… nos huele a todos.
Y si permitimos que el futuro de nuestros pueblos se decida entre despachos y traiciones, luego no nos quejemos de que nadie nos avisó.
Porque este barco va a la deriva.
Y algunos, al menos, han tenido el valor de gritar desde la cubierta.

