La Navidad tiene algo profundamente falso.
No por las luces, ni por los regalos, ni siquiera por los villancicos…
sino por la gente.
Gente que durante todo el año no te mira,
que cruza de acera,
que no te saluda,
que no existe en tu vida…
y, de pronto, en diciembre,
te llaman por tu nombre,
te preguntan por tu familia,
te desean lo mejor
y te desean paz,
como si te conocieran de verdad.
Y tú sonríes.
Porque no queda otra.
Se come sin medida.
Como si el mundo no estuviera ardiendo.
Como si medio planeta no estuviera pasando hambre,
sin casa,
sin futuro,
sin mañana.
Gaza, Ucrania, tantos lugares…
todo el año están ahí,
pero estos días desaparecen de la mente
y de las televisiones,
tapados por el mismo trauma repetido:
chistes enlatados,
sonrisas de plástico,
anuncios que dicen:
“Ven por Navidad”.
Yo no diría “ven”.
Yo diría: quédate.
Quédate en casa,
quédate en silencio,
quédate con los tuyos,
pero no vengas a vender felicidad
como si fuera un producto más.
Empresas que preferirías no pisar,
reuniones familiares que solo quieres que se acaben,
horas interminables en mesas donde el tiempo se espesa
y la conversación es un bucle de lo mismo de siempre.
Se bebe más de la cuenta,
no por alegría,
sino por resistencia.
Aguantas.
Aguantas todo.
Y lo haces por los niños.
Por sus ojos,
por su ilusión limpia,
por verlos felices ahora,
antes de que crezcan
y entiendan
que la realidad no viene envuelta en papel brillante
y que la vida,
cuando se muestra sin maquillaje,
es dura…
y lo será.
Por eso esperas que pase.
Que termine cuanto antes.
Y qué decir de la Lotería de Navidad.
Ya tenemos el milagro anual,
ya tenemos a alguien que “le ha tocado”,
ya tenemos esperanza embotellada en décimos,
mientras el resto del mundo sigue girando igual de roto,
alimentando la sensación colectiva
de que este año,
sí, este año,
la suerte nos va a salvar de nosotros mismos.
Y ánimo…
aguanta un poco más,
que ya solo nos quedan las uvas.
Una carrera absurda
para ver quién termina antes
doce pequeñas piezas de fruta
a toque de campana.
El brindis por la paz
—jajaja, qué paz—
¿dónde está ese lema?
Quizá escondido bajo la alfombra,
esperando a que llegue el próximo diciembre
para volver a sacarlo.
Que llegue enero.
Y con él la bendita rutina,
esa verdad sencilla de los días normales
donde nadie finge,
donde nadie actúa,
donde todo vuelve a su lugar.
La Navidad no es mala.
Es solo demasiado humana.
Y nosotros, desde el sofá,
la miramos pasar
como quien observa una obra de teatro
que ya ha visto demasiadas veces.
