Llegas al hotel de playa con la esperanza de encontrar descanso. La recepción es un hormiguero. Carritos de maletas, niños corriendo, padres agotados y un recepcionista que repite, como un mantra, “espere un momento, por favor”.
Subes a la habitación. La vista es bonita, sí… si logras ignorar el zumbido constante de las colchonetas inflables chocando en la piscina. Decides bajar a comer. Error. El comedor es un campo de batalla gastronómico: bandejas resecas de fritos, arroz que ha visto tiempos mejores y un misterioso pescado que ya no recuerda el mar. Las colas para servirse parecen sacadas de un ministerio en hora punta.
Observas, en silencio, la fauna del buffet libre:
- El acaparador, que llena tres platos “por si acaso” y luego deja la mitad.
- El turista gourmet, que pregunta por el origen del aceite… y termina comiendo pizza congelada.
- El niño estratega, que sabe exactamente cuándo reponen las patatas fritas y se lanza como un comando.
Comes poco, porque sabes que aquí la verdadera digestión es mental. La supervivencia en un hotel de playa no se mide en calorías, sino en paciencia. Y ahí está el verdadero reto: sobrevivir sin perder las ganas de vivir.
Mientras tanto, piensas que la cigüeña, aquella que te trajo al mundo, se equivocó de dirección. Tú estabas destinado a otro lugar: una mesa pequeña, comida hecha con cariño, una buena charla que dure horas… y el sonido del mar, pero lejos del altavoz de animación del hotel.
Hasta entonces, aguantas. Porque, como dijo uno que sabía de política:
“El que pueda hacer, que haga; el que pueda aportar, que aporte…”
Y aquí, aportar es sobrevivir un día más sin caer en la guerra del buffet.
Supervivencia en un hotel de playa - Día 1
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