Desde el calor que me envuelve en la sauna. El sudor se mezcla con mis pensamientos. Y una pregunta me quema: ¿hemos olvidado sudar?Y por si alguien piensa que exagero, escuchen al expresidente José María Aznar: habló de que el actual presidente del Gobierno podría alterar unas elecciones. Y Feijóo, líder de la oposición, lejos de corregirlo, lo respaldó: “Está acreditado que les gusta el fraude”.
¿De verdad estos son nuestros líderes? ¿De verdad ese es el nivel? Políticos que siembran sospechas sobre la democracia, solo porque no ganan. Eso es para que se lo hagan mirar. Y para no olvidarlo nunca.
Desde la soledad de la sauna, entre el vapor que me quema y me sangra, mi mente no para. Piensa. Razona. Y desde la humildad de un humano más, uno que solo tiene años y cicatrices, intento entender cómo hemos llegado hasta aquí. Cómo se ha perdido todo aquello por lo que luchamos. Nosotros. Los jóvenes de los 60, 70 y 80. Aquellos que crecimos en dictadura y salimos a la calle jugándonos la vida por una palabra: libertad.
Recuerdo las imprentas clandestinas, las noches cargando miles de panfletos en un parque por si venían los grises. Íbamos en pareja al metro, lanzando octavillas en plena hora punta, corriendo de estación en estación mientras nos perseguía un régimen que nos quería callados. Teníamos 16, 17, 18 años. Trabajábamos de día y conspirábamos de noche. Todo por la libertad. Por las mujeres, las más castigadas. No por cañitas.
Nuestros padres —esa generación que levantó el país sin derechos— lucharon en una dictadura que les robó la voz pero no la dignidad. Lo que hoy llamamos Seguridad Social, subsidio, jubilación, no cayó del cielo: lo construyeron ellos, a golpe de fatiga y silencio.
Y nuestras madres, relegadas a la casa, al cuidado de los hijos, soportaron aún más que los hombres. Las ignoraron, las invisibilizaron, pero estuvieron ahí, sosteniendo el país desde abajo.
Ahora esa generación se va marchando poco a poco. Muchos sin homenaje. Sin justicia. Sin respeto.
Y en algunos casos, ni siquiera eso: 7.291 ancianos murieron abandonados en residencias durante la pandemia, sin atención médica, sin una mano humana cerca. Pero eso será otro artículo.
Y me pregunté: ¿Qué les pasa a los jóvenes de ahora? No están mejor que nosotros, aunque lo parezca. Han nacido con el móvil en la mano, y eso, en vez de acercarlos a la libertad, los ha encadenado a una realidad diseñada por algoritmos. Antes teníamos una radio escondida, la BBC en español, la Pirenaica. Ahora, lo tienen todo en el bolsillo... pero no escuchan nada.
Pasar el dedo por vídeos de tres segundos, donde la gente se cae al río o se ríe de sí misma, es el nuevo entretenimiento. Ya ni leen titulares. Ni se enteran. Y cuando quedan con su "panda", no se miran, no se hablan: se mandan mensajes desde la misma mesa.
Yo, aún salgo a la calle. Estuve en las manifestaciones contra el vertedero de Colmenar Viejo. Y contra la macroplanta de biogás que nos quieren colocar a dos kilómetros del pueblo. ¿Quién decide esto? ¿Los ciudadanos? No. Lo deciden cuatro politiquillos de tres al cuarto, que no saben ni dónde tienen la mano derecha. Elegidos sí, pero puestos a dedo por los aparatos de sus partidos, igual que en la dictadura.
Y entonces veo a los vecinos. Algunos en la terraza tomando el vermut mientras nosotros caminamos con pancartas. Otros molestos porque nuestra manifestación les corta el paso al parque.
¿En qué momento el compromiso empezó a molestar?
El poder lo sabe. Te da el dispositivo. Te cobra por él. Y a través de él, te guía, te calma, te adormece. Antes, sabíamos quién mandaba. Ahora, ya ni eso. El enemigo tiene forma de serie viral, de influencer con discurso vacío, de medio comprado, de bulo disfrazado de noticia. Antes el miedo era una porra. Algunos salían volando por las ventanas. Ahora es la indiferencia. Y el control no duele: entretiene.
Un mundo que no mira
Y mientras tanto, en el mundo… Antes salíamos a la calle contra las guerras. Ahora hay un exterminio en Gaza. Más de 60.000 personas asesinadas, y muchos ni siquiera sabrán situarlo en un mapa. No saben que se bombardean hospitales, que se matan familias enteras por el simple hecho de ir a buscar comida. Antes caían gobiernos por mucho menos. Hoy, silencio. Y ese silencio… es dinamita. Dinamita para que el genocidio continúe.
Nos manifestábamos contra la OTAN, incluso cuando el propio PSOE organizó un referéndum para entrar. Ahora, nos piden destinar el 5% del PIB a ella, para engordar las fábricas de armas de Estados Unidos.
Y aquí no pasa nada. Seguimos. Entre el caso Ábalos, el caso Koldo, y el caso del olvido absoluto.
Seguimos sudando. Seguimos pensando. Pero cada vez somos menos. Y no es nostalgia. Es historia. Y es futuro. Porque sin memoria, este país se convertirá en lo que siempre temimos: una democracia de mentira con ciudadanos anestesiados, donde sudar, pensar o resistir… será visto como un acto de locura.
Y por si todo esto fuera poco, hoy mismo hemos cruzado otra línea más.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, ha acusado públicamente al PSOE de ser "la coartada para la corrupción y el puterío". Así, sin filtros. Sin pruebas. Sin pudor. Un alcalde que aún no ha dado explicaciones por el caso de las mascarillas ni por los contratos millonarios firmados en plena pandemia con comisionistas de champán y relojes de lujo, ahora se permite dar lecciones de moral desde la tribuna.
Y mientras tanto, Aznar y Feijóo dicen en público que el presidente del Gobierno podría alterar unas elecciones. Que "les gusta el fraude". Eso es para que se lo hagan mirar.
Y lo peor es que, en este país, muchos aplauden.
Así estamos.
Entre el cinismo, la manipulación y la amnesia generalizada. En un país donde se insulta a los muertos, se desprecia a los jóvenes, y se premia al corrupto.
Pero no, no todo está perdido.
Mientras alguien aún sude, piense y escriba… este país no estará perdido del todo.
