La carta que esperará en silencio

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El banco del Tiempo
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A veces no escribimos lo que vivimos, sino lo que el alma imagina.
Esta carta no busca a nadie en concreto, sino al amor en su forma más pura: aquel que trasciende el tiempo, el miedo y el silencio.

Aquella tarde, el banco estaba vacío.
El viento traía olor a tierra húmeda y hojas caídas, y el sol se apagaba despacio detrás de los árboles.
Él llegó con paso tranquilo, como quien va a dejar algo que pesa.
En la mano llevaba una hoja doblada, amarillenta por los días que había pasado guardada en un bolsillo.

carta silencioSe sentó. Miró el horizonte.
Y antes de abrir el cajón del banco, respiró hondo.
No era una carta para nadie en concreto y, sin embargo, era para ella.
Para la que aún no había llegado.
Para esa compañera invisible que, quizá en otro lugar o en otro tiempo, miraba las mismas estrellas.

No sé si existes ya, o si estás en otro lugar mirando las mismas estrellas que yo.
A veces pienso que nos cruzamos en algún punto del tiempo, pero la vida, caprichosa, decidió hacernos esperar.

Yo sigo aquí, escribiendo, caminando, observando este mundo que a veces me parece hermoso y otras veces absurdo.
Y mientras lo hago, te imagino.
No como un sueño perfecto, sino como una compañera de camino, de pensamiento, de silencio.

Alguien que no tema mis preguntas ni mis noches en vela;
que no huya cuando hablo del universo, ni me mire raro cuando digo que todo esto podría ser un simulacro, una ilusión.

No te busco para completarme, sino para compartir lo que ya soy.
Para mirarte y ver reflejado ese mismo fuego que llevo dentro —el que a veces me quema y otras me ilumina.

Sería tan simple y hermoso como eso: caminar juntos, como Dark y Natacha, sin prisa y sin miedo, sabiendo que el destino no está escrito, pero que existe un hilo invisible que nos llama.

Quizás esta carta no llegue nunca, o tal vez la leas un día, cuando las estrellas decidan que ya es hora.
Si es así, no tendrás que decir nada.
Solo mírame a los ojos… y sabré que eras tú.

Guardó la carta en el cajón, junto a tantas otras que el banco custodiaba en silencio:
cartas que nunca llegaron, besos no dados, promesas que el tiempo borró.

Después se levantó, tocó el respaldo del banco con cariño, y se fue sin mirar atrás.

El banco, quieto, quedó mirando al cielo.
Sabía que algún día, alguien leería esa carta.
Y que entonces, el silencio se rompería con una sonrisa.

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