Capítulo 2 – La carta que no era suya
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.
Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.
No tiene placa, ni sombra fija, ni nombre.
Pero guarda más historia que cualquier monumento.
Algunos se sientan a descansar.
Otros a mirar el valle.
Los más, ni lo ven.
Pero unos pocos…
los que llegan en el momento exacto,
con el alma abierta,
y el corazón sin prisa,
se sientan… y el tiempo se detiene.
Dicen que una vez, alguien lo hizo.
Que cerró los ojos, y al abrirlos,
había pasado un siglo.
Que vio a todos los que fueron, y a todos los que vendrán.
Que escuchó el eco de una guerra, y la risa de un niño aún no nacido.
Y que desde entonces…
cada vez que alguien se sienta,
una historia comienza.
Esta es una de ellas
Capítulo 2 – La carta que no era suya
Ese día, alguien más se sentó en el banco.
Era joven.
Quizás demasiado joven para llevar el peso que llevaba.
Caminaba con paso firme, pero con los hombros hundidos,
como si los recuerdos le pesaran más que la mochila que colgaba a un lado.
El banco estaba libre.
Dark no dijo nada.
Solo alzó la mirada un segundo, como si ya supiera quién era.
Como si la estuviera esperando.
La joven se sentó sin mirar atrás.
Se quitó la mochila, la abrió lentamente,
y sacó una carta.
El sobre estaba amarillento, sin remite, sin fecha.
Solo un nombre escrito a mano,
con una caligrafía que ya no se usa:
"A quien la encuentre, aunque no sea para ti".
La sostuvo entre las manos un rato largo.
No la abrió.
No la leyó.
Solo dijo en voz baja:
—No es mía.
Pero no puedo dejar de traerla.
No puedo dejar de leerla sin leerla.
Dark la observó con ternura.
No preguntó.
No interrumpió.
El banco crujió bajo su peso, como si reconociera el sobre.
Como si ya hubiera estado allí… antes.
Entonces ella, con manos temblorosas, deslizó el dedo por el borde del sobre.
Dentro había una hoja doblada tres veces, con tinta azul y algunas manchas.
La abrió.
Y leyó en silencio, moviendo apenas los labios.
Sus ojos se fueron llenando de agua.
Su respiración se volvió irregular.
Y, sin levantar la vista, susurró:
—Esto es para mí…
aunque no lo sea.
Dark la miró con una leve inclinación de cabeza, y por primera vez, habló:
—A veces, las cartas que no son para nosotros…
son las únicas que necesitamos leer.
Ella sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
Dobló la carta con cuidado.
La volvió a guardar en el sobre.
Y lo dejó debajo del banco.
Junto a una piedra.
Dark, sin moverse, le habló con voz serena:
—Déjala ahí.
Sé quién la escribió…
y le diré que la has leído.
Porque sí era para ti.
Ella se quedó en silencio un segundo.
Luego asintió, con una gratitud que no necesitaba palabras.
Y se fue, sin mirar atrás.
Sin saber que, esa misma tarde, alguien más subiría.
Y encontraría la carta.
Y todo empezaría de nuevo.
Mientras lees este capítulo, deja que suene de fondo interpretado en vivo por Eleftheria Arvanitaki
Una melodía que habla de lo que no se dice, que acaricia el alma…
como lo hace el recuerdo de alguien que aún no se ha ido del todo.
Como ella. Como el pañuelo.
Como esas cartas que nunca llegaron a tiempo.
"Δώσ’ μου πίσω τα χρόνια μου, δώσ’ μου πίσω το παιδί μου..."
"Devuélveme mis años, devuélveme mi infancia..."
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