Vida Aparentemente Normal
Transcurrieron los años. Quizás cinco. Aunque, para ellos, el tiempo ya no tenía valor: eran infinitos.
Los Clase A empezaban a notar los verdaderos efectos de su nueva vida. Ninguna enfermedad los alcanzaba. Un rasguño sanaba en segundos, gracias a un ejército de nuevos anticuerpos: glóbulos blanco-rojos de quinta generación, hiperinteligentes, programados para neutralizar cualquier anomalía celular en cuestión de segundos.
Su alimentación era cuidada al extremo. Nada de pesticidas, ni químicos, ni carne animal. Solo frutas, verduras y agua destilada. Aun así, el 60% de su nutrición provenía de cápsulas diseñadas en sus propios laboratorios.
Los utensilios, de cristal puro, tratados sin una sola impureza. Sus casas, construidas con maderas nobles de sus propios bosques, lejos de las grandes urbes. Lejos del ruido. Lejos del caos.
Y todo parecía normal.
Para las otras clases, la vida seguía su curso. El adoctrinamiento había alcanzado niveles de perfección. Los medios de comunicación, bajo control total, mantenían a la población en un letargo constante: fútbol, concursos, conciertos "a la carta", reality shows. Todo era libertad... mientras nadie pensara demasiado.
No había censura. Solo titulares vacíos.
Los partidos políticos eran los mismos de siempre. Y quienes votaban... también. Las discusiones sobre izquierdas y derechas seguían llenando bares y redes sociales. Todo sonaba igual. Y las guerras, por supuesto, también seguían.
De vez en cuando, algún grupo se salía del guion. Algún pensador libre. Alguna pequeña revuelta. Pero el sistema ya tenía anticuerpos sociales para eso también. Silenciarlos era fácil. O incluso mejor: dejarles hablar. Mientras nadie escuchara, no había peligro. A veces, incluso les venía bien. Daban una falsa sensación de libertad.
Las reuniones de Los Ocho continuaban, una vez al mes, en lugares distintos del mundo. Pero daba igual: nadie lo sabía. Solo los ministros invisibles recibían sus instrucciones. Y estos, a su vez, las transmitían a otros grupos...
La cadena era perfecta. Y secreta.
El Plan Aurora seguía su curso. Las nuevas ciudades ya estaban activas. Las Clases B comenzaban a habitar esos espacios en cada país, siguiendo los mismos protocolos: sus policías, jueces, universidades, colegios. Todo idéntico. Todo pulido.
Todo aparentemente normal.
Pero había algo que nadie sabía:
No eran los mismos ciudadanos. Ni tenían los mismos derechos. Ni vivían la misma realidad. Ni veían el mismo mundo. Ni caminaban sobre el mismo suelo. Ni respiraban el mismo aire.
Eran otros. Con otros privilegios. Con otra forma de vida.

Y mientras lees, deja que suene Ripples in the Sand.
Porque la muerte no gritó.
Solo se deshizo, como una huella en la arena.
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