Cada día, en los medios, en las redes, en la voz del vecino, escucho lo mismo:
“Se ha muerto tal persona”,
“Tenía 70 años”,
“Era joven todavía”,
“Cáncer, hígado, metástasis, nada que hacer”.
Y cada vez que oigo eso, se me cae el alma.
No por la muerte en sí, sino por la naturalidad con la que la aceptamos, como si fuera una ley que nadie pudiera cuestionar.
Como si el tiempo fuera un verdugo inevitable al que debemos aplaudir por cumplir su trabajo.
Pero no.
La muerte no es sagrada, ni justa, ni necesaria.
Es una enfermedad más, la última de todas.
Una que aún no hemos aprendido a curar.
Nos repetimos que “es ley de vida”, pero ¿qué ley es esa que arranca de raíz todo lo que amamos?
¿Quién decidió que la vida debe tener un límite?
Si todo lo que somos —átomos, moléculas, luz, energía— continúa en movimiento,
¿por qué nosotros no?
El cáncer, ese monstruo silencioso, es una célula que olvida su propósito.
Pierde la memoria de lo que es, y en su intento de no morir, destruye el cuerpo que la sostiene.
Qué paradoja tan cruel:
una célula que quiere vivir para siempre acaba matando a quien le dio la vida.
A veces pienso que nosotros, la especie humana, hacemos lo mismo.
Buscamos la inmortalidad destruyendo el mundo que nos mantiene vivos.
Pero aún hay quienes —quizá ingenuos, quizá visionarios— creemos que no todo está escrito.
Que la ciencia puede llegar donde la fe se detuvo,
y que algún día la palabra muerte será solo un recuerdo de una era primitiva.
Por eso me duele, sí, pero también me rebelo.
Cada vez que alguien se apaga, me prometo seguir buscando respuestas,
seguir escribiendo, seguir hablando, seguir respirando por los que ya no pueden.
Porque mientras haya una sola persona que se niegue a aceptar que morir es normal,
la muerte aún no ha ganado.
