Cada diciembre ocurre lo mismo. El mundo brillante de las luces, las compras, los villancicos y las cenas en exceso… y al lado, en la sombra, millones de vidas que no aparecen en los escaparates ni en los telediarios.
Mientras medio planeta prepara mesas repletas, abre regalos, organiza fiestas y hace colas eternas para comprar turrones, la otra mitad sigue igual que siempre:
sin agua, sin abrigo, sin una comida caliente, sin un techo, sin esperanza.
Y nadie quiere mirar.
Durante unos días jugamos a ser solidarios.
Hacemos un donativo, compartimos un vídeo lacrimógeno, damos a “me gusta” a una ONG, o nos emocionamos viendo a un famoso repartiendo botellines ante una cámara. Pero cuando pasa Reyes, cuando guardamos el árbol y las luces, el mundo real sigue ahí, intacto.
El hambre no entiende de calendarios.
La mayoría de organizaciones hacen lo que pueden, otras hacen lo que les conviene, y algunas —pocas— ayudan de verdad. Pero lo cierto es que cada euro que donamos se diluye entre burocracia, sueldos de directivos, campañas de marketing y fotos bien colocadas. Al final, al niño que duerme en el barro le llega menos de lo que debería. Mucho menos.
A veces incluso ocurre lo impensable.
Recuerdo un terremoto en los años 90 —creo que en México— cuando pedían ayuda urgente. Como tantos, doné lo que pude. Años después supe que el banco que gestionaba aquellas transferencias se quedaba con un porcentaje de cada ingreso. Cobrar comisiones a costa de una tragedia humana. De vergüenza.
Aquello me enseñó que incluso en las catástrofes hay quien hace negocio, y desde entonces miro con otros ojos este “humanitarismo” de escaparate.
No necesitamos más postureo solidario.
No necesitamos más vídeos de héroes improvisados.
Necesitamos estructuras que funcionen: escuelas, médicos, agua potable, seguridad, trabajo.
Necesitamos dejar de dar el pescado una vez al año y empezar a construir la caña para toda la vida.
Mientras aquí llenamos el carro del supermercado, allí rezan para llenar un cuenco.
Mientras regalamos juguetes que acabarán olvidados, allí sueñan con un par de zapatillas usadas.
Mientras nosotros hablamos de cenas, otros hablan de sobrevivir un día más.
Y llega el 10 de enero.
Y el mundo vuelve a ser el de siempre.
Los de siempre siguen ganando.
Y los de siempre siguen perdiendo.
Tal vez no podamos cambiar el planeta entero, pero sí la manera en que lo miramos. Tal vez la verdadera Navidad no esté en las luces, sino en la conciencia.
Porque la fiesta dura una noche.
El hambre, por desgracia, dura todo el año.
