En un día que debería servir para unir, los partidos convierten el Congreso en un ring de viejos rencores, discursos huecos y luchas por el sillón. Derecha, ultraderecha, izquierda, poderes en la sombra y una prensa alineada por intereses: todos contribuyen a que la Constitución sea, año tras año, una oportunidad perdida.
Cada 6 de diciembre debería ser un día para levantar la cabeza y pensar: “oye, pues este país ha avanzado”. Pero no. Desde aquí, en Colmenar y Tres Cantos, miramos al Congreso y volvemos al mismo circo: discursos vacíos, reverencias de postureo… y acto seguido, el festival de insultos y trincheras que convierte la sede de la soberanía en un ring. Y luego dicen que la política no es espectáculo.
La derecha rancia, esa que vive anclada en el blanco y negro, sigue empeñada en vender que España se rompe cada lunes y se recompone cada jueves. Y la ultraderecha… mejor ni empezar: si pudieran retroceder 50 años, lo harían con alegría. Su discurso es fuego puro, gasolina constante, tensión calculada. Capaces hasta de abrir heridas viejas con tal de rascar poder.
Pero la izquierda tampoco puede sacar pecho.
Porque sí, guste o no, España está ahora mismo en uno de sus mejores momentos económicos en décadas: paro en mínimos, Europa empujando, inversiones entrando… y, aun así, se tropiezan solos. Priorizan el amiguismo o las cuotas internas, poniendo a gente en puestos clave que ni debería estar de prácticas. Y mientras tanto, se enredan en disputas internas mientras la ultraderecha avanza gritando “¡traición!” cada dos semanas. Ellos mismos se complican.
Los poderes en la sombra
Y luego están los poderes invisibles de siempre, los que no se presentan a elecciones, pero siguen mandando más que los que sí. Empresas, consejos, lobbies, bufetes, “fundaciones”… estructuras que siguen “atadas y bien atadas”, como dijo aquel. Cambian los nombres, cambian las caras, pero la sombra es la misma.
La prensa tampoco es refugio
España vive secuestrada por medios atrapados en intereses, tertulianos que cambian de ideología según quién pague, y presentadores que confunden experiencia con autoridad moral. Eso de “yo es que tengo el pelo blanco” ya no impresiona a nadie; la edad da canas, no razón.
¿Quién defiende la Constitución?
Mientras tanto, el ciudadano corriente observa cómo los partidos usan la Constitución como arma, no como compromiso. Unos la agitan para asustar, otros para justificar lo injustificable, otros ni acuden, pero viven estupendamente del mismo sistema al que escupen. La unidad se reclama a gritos, pero nadie trabaja por ella.
Y al final, la pregunta que nadie quiere hacerse es sencilla:
¿Quién está realmente defendiendo la Constitución?
España no necesita salvapatrias con el puño en alto ni patriotas de pulsera que luego venden lo público al mejor postor. Tampoco necesita iluminados que no saben a quién poner al volante ni cómo evitar estrellarse.
España necesita algo que parece ciencia ficción: sentido común, altura política y un mínimo de vergüenza.
Pero claro, eso no da votos ni trending topics.
Por eso seguimos así: un país moderno con políticos del siglo pasado, una democracia consolidada con comportamientos de patio de colegio, y un pueblo cansado viendo cómo otros juegan con su futuro como si fueran fichas de parchís.
Mientras tanto, nosotros, los ciudadanos de a pie, seguimos trabajando, criando hijos, pagando impuestos y empujando este país hacia adelante… mientras ellos se pelean por los sillones como si el país fuera suyo.
Y luego se sorprenden de que la gente desconfíe.
