Detengo mi mirada en una vieja fotografía.
Madrid. Año 1885.
La Puerta del Sol llena de vida: carros de caballos, tranvías de sangre, balcones abiertos al cielo.
Y personas. Tantas personas.
Las observo una a una. Algunas caminan. Otras miran al fotógrafo.
Niños. Mujeres jóvenes. Ancianos.
¿Quiénes eran? ¿Qué fue de ellos? ¿Qué sueños guardaron en silencio?
Pienso en los niños.
¿Conocieron el amor? ¿Tuvieron tiempo de luchar, de llorar, de criar hijos?
¿Alguien los recuerda?
Y también los mayores.
Los que ya nadie mira. Los que dieron todo y a veces, en sus últimos días, solo tuvieron el olvido.
Mujeres que fueron niñas, niñas que fueron madres, madres que hoy solo viven en el recuerdo —o ni eso.
Me duele.
Sí, me duele mirar esta foto.
Porque los átomos que hoy respiro, ellos también los respiraron.
Y un día, nosotros también seremos imagen, o ni siquiera eso.
Por eso dejo aquí este gesto, este pensamiento.
Para que no se borren del todo.
Para que, aunque sea por un momento, sepan que alguien los pensó, los quiso y los honró.
Y para recordarnos, en este mundo de distracciones y gritos,
que hay una vida más digna: mirar, sentir y despertar.

Fotografía histórica de la Puerta del Sol, vista desde la calle Alcalá, hacia 1885. Numerada como “744 B”, fue probablemente realizada por el estudio de Jean Laurent. El texto en francés indica su circulación internacional. Imagen en dominio público.
