Hoy me senté en el sofá a ver las noticias.
O lo que queda de ellas.
En vez de información, me encontré una coreografía de odio.
Cerdán gritando. Feijóo… pues, a lo suyo: incendiando el campo y luego acusando a los demás de quemar el trigo.
La crispación no es una consecuencia. Es una estrategia.
Y no se trata de hacer el famoso “tú más”, que ya cansa.
Pero hay algo que no se dice lo suficiente: el Partido Popular es el único partido condenado judicialmente por corrupción como estructura de partido.
Y eso no lo digo yo desde el sofá: lo dice la sentencia de la Audiencia Nacional del caso Gürtel (mayo 2018).
A pesar de ello, siguen dando lecciones.
Sánchez, por mucho que uno lo critique o no lo trague, echa al instante a quien mete la pata o se ve implicado.
En cambio, el PP mantiene y apoya a un presidente valenciano (Carlos Mazón) que se tragó un silencio ensordecedor mientras 225 personas fallecían en residencias por un protocolo vergonzoso, y el escándalo aún no tiene respuesta.
Y como no tienen mayoría parlamentaria, hacen lo único que se les da realmente bien: agitar, acusar sin pruebas, embarrar el tablero y enfangar la convivencia.
Ya lo vimos con Podemos. Años de titulares. Años de portadas. Años de sospechas.
Y al final… nada.
Pero el daño ya está hecho.
El Congreso actual no es ilegítimo. No es un teatrillo de okupas, ni una alianza antiespañola.
Es, simplemente, lo que votó la gente.
¿Que no te gusta? Pues vota en las próximas elecciones. Pero desacreditar al Parlamento porque no ganas es antidemocrático.
Y así seguimos.
Ellos gritando.
Los medios amplificando.
Y tú y yo aquí, desde el sofá, preguntándonos en qué momento la política dejó de ser servicio público y se convirtió en espectáculo bélico.
Quizás el principio del cambio sea tan simple como apagar la tele.
Salir al pasillo.
Y volver a hablar con el vecino.
No con el de tu ideología. Con el real.
Con el que comparte escalera, supermercado, médicos, problemas… y país.

