Una conversación que empezó en Egipto, siguió con los muñecos, y acabó hablando del mundo entero
"¿Por qué lo mataron, papá?"
Una conversación que empezó en Egipto siguió con los muñecos, y acabó hablando del mundo entero
—¿Por qué lo mataron, papá?
La pregunta me descolocó. Mi hijo Adrián, de 12 años, acababa de soltarla mientras veíamos un documental sobre Egipto. En la pantalla, Ramsés III. Faraón. Guerrero. Constructor. Último gran líder del Imperio Nuevo. Y de repente: la traición. Su esposa, su harén, un complot, un cuchillo. Lo asesinaron en su propia cama. Cortaron su garganta mientras dormía.
No llegué a contestar. Adrián se levantó de pronto.
—Voy al baño. Cuida de mis muñecos.
Me dejó ahí, solo en el sofá, frente a la pantalla… y rodeado de sus figuras. Una rana de peluche, un robot sin una pierna, dos soldados de plástico, y Epi y Blas. Me observaban como si esperaran la respuesta que él no pudo oír. Así que les hablé a ellos.
—Lo mataron por poder —empecé—. Como se ha hecho desde el inicio de los tiempos. Desde que el ser humano empezó a organizarse en clanes, en tribus, en ejércitos. Por tierras, por templos, por mujeres, por oro, por ideas. O simplemente por miedo. O por odio. O porque sí.
Les hablé con la crudeza que mi hijo aún no puede digerir. Pero los muñecos no se rompen.
Les hablé de los imperios que se levantaron con sangre y fuego. De Alejandro Magno atravesando continentes dejando gloria y destrucción. De Carlomagno y los Césares. De Atila, que hacía temblar a Europa. De los romanos arrasando aldeas para civilizarlas. De las invasiones musulmanas y las cruzadas cristianas. De las hogueras de la Inquisición y del colonialismo vestido de misión evangelizadora.
La historia es una herida que no cierra. Solo se maquilla.
Salté al siglo XX.
Les conté que la Primera Guerra Mundial se encendió por el asesinato de un archiduque, sí… pero se sostuvo por los contratos, los egos y la ambición. Que la Segunda fue un delirio de odio y propaganda, pero también un negocio gigantesco de armas, fábricas, alianzas cobardes y silencios bien pagados. Les hablé de Hiroshima y Nagasaki, del humo de Auschwitz, del Gernika destrozado, de los trenes cargados de inocentes que partían sin vuelta.
Y luego, les hablé de ahora.
De Gaza, donde los niños mueren bajo bombas lanzadas con precisión milimétrica, mientras los líderes hablan de “derecho a defenderse”. De Ucrania, donde una guerra absurda se ha convertido en campo de pruebas para las nuevas armas de Europa y de Estados Unidos. De Yemen, del Congo, de Siria… de los lugares que ya no salen en la tele porque han dejado de interesar.
Y entonces, fui más allá.
—¿Y sabéis qué es lo peor, amigos de plástico? Que muchas veces ya no hacen falta guerras para destruir a un pueblo.
Basta con poner un gobierno títere.
Uno que gana elecciones con titulares prestados, con medios bien engrasados.
Uno que se presenta como salvador, pero responde a intereses que nadie votó.
Gobiernos que no gobiernan. Que ejecutan lo que otros les dictan desde despachos donde el pueblo nunca entra. Que se hacen fotos, sonríen, inauguran cosas… mientras recortan libertades, venden los recursos y callan ante las injusticias.
Aquí, por ejemplo, nos quieren traer una macroplanta de biogás de casi diez estadios de fútbol. ¿Qué les explicamos a nuestros hijos, Epi, Blas, si un día no pueden salir a respirar aire puro en Colmenar o Tres Cantos? ¿Les diremos que la única solución es mudarse o vivir con mascarillas y filtros en casa, porque unos cuantos decidieron que este era un buen negocio, incluso para empresas extranjeras que vienen de fuera con promesas verdes y cuentas muy claras para ellos?
(Pausa. Me giro hacia Epi y Blas, que parecen escuchar con atención.)
—¿Os acordáis, Epi, Blas? Hace unos años Adrián os llevó con él cuando fuimos a votar. ¿Os acordáis? Que sus padres metieron un papelito en una caja de cristal. Parecía un juego. Una fiesta. Eso es votar, les dijimos: elegir a los representantes del pueblo.
Pues bien. Después de eso… muchos hacen justo lo contrario de lo que prometieron.
Prometen justicia y recortan derechos. Prometen verdad y reparten propaganda.
Prometen servir… y acaban sirviéndose del pueblo.
—¿Y nadie puede pararlo? —repetí la pregunta de mi hijo.
—Puede que sí. Pero para eso habría que despertar. Habría que pensar. Habría que educar para la verdad, y no para la obediencia. Y, sobre todo, habría que quitar el miedo.
Tal vez, si la nueva generación despierta… si deja de tragar titulares y empieza a hacer preguntas, puedan parar los pies a los desalmados. A los que se enriquecen con el sufrimiento. A los que hacen de la guerra un negocio. Quizá ellos, los que hoy todavía juegan, sean los que mañana digan: “ya basta”.
Justo en ese momento, volvió Adrián.
—¿Qué hacías, papá?
—Nada. Charlaba con tus muñecos. Luego ellos te cuentan lo que les dije… si no se les olvida.
Se rio. Se sentó de nuevo. Y juntos seguimos mirando la pantalla. El documental terminaba, pero la historia, esa de verdad, seguía latiendo.
Quizá en Gaza. Quizá en televisión.
Quizá en los ojos de un niño que aún pregunta.
O en los oídos de unos muñecos… que entendieron mejor que muchos adultos.

