Voy a contar una historia. Quizás sea real, quizás no. Pero lo que sí es real… es que existió.
un día cualquiera en Colmenar Viejo. Yo, con mi cámara al hombro, entré en la tienda de mi amigo José, “Luz de Luna”. Allí estaba ella: Paquita.
Quería comprar una cámara digital, la más barata. Su pensión no daba para más. Le aconsejamos una sencilla, fácil de usar. Entonces vio la mía, de casi 6.000 euros, y así empezó una amistad que me duró media vida… hasta que una maldita política la apagó.
Nos fuimos caminando hacia su residencia, la de la Comunidad de Madrid, a solo unas calles. Por el camino me dijo que salía a pasear cada día porque “la residencia es para viejos”. Lo soltó entre risas. Ella tenía 85… pero hablaba con la energía de una chica de 16.
Disparaba fotos a los árboles muertos del paseo. Yo le avisé: “Cuidado, que esa tarjeta es pequeña”. Le di algunos trucos, y entre disparo y disparo, nos reímos del abandono de nuestras calles.
Cuando la dejé en la puerta, me plantó un beso. Y eso que yo no soy de besos, pero... acepté la excepción.
La volví a ver en la fiesta del Alamillo. Llevaba una falda blanca de encajes, una cámara en una mano, y un vaso de sangría en la otra. Me vio y se abalanzó a darme otro beso. Ya no me resistí.
Algunos de su residencia la miraban mal: “Qué desvergüenza”, murmuraban. Pero ella seguía bailando, viva, radiante. Yo la admiraba.
Subía sola hasta la ermita de los Remedios, cámara en mano.
Yo le hacía fotos con la Virgen y luego se las llevaba. Nos sentábamos en un banco. Me hablaba de su pueblo en Segovia, de su vida en una hacienda, de cómo nunca se casó.
Un día se nos unió otra mujer: Doña Julia. Era lotera en Doña Manolita, en los años 50. Me contó que dio varios premios gordos en la Puerta del Sol. Dos vidas increíbles, invisibles, como tantas de su generación. Historias que deberían escuchar sus nietos, para entender lo que fue vivir.
Porque ellas lo vivieron todo: la guerra civil, la posguerra, el hambre, la dictadura, y el silencio. Fueron madres, obreras, costureras, cuidadoras, viudas, y aún así, nadie las miraba.
Y entonces llegó lo peor: el COVID.
Y con él… el olvido.
Un papel, un protocolo, una decisión desde un despacho.
Y miles de Paquitas y Julias murieron solas, sin médicos, sin oxígeno, sin consuelo.
Encerradas.
Como perros.
A veces, ni siquiera con un último vaso de agua.
La Comunidad de Madrid los dejó morir con ese documento infame que prohibía trasladar ancianos de residencias a hospitales.
Lo llamaron criterio sanitario.
Yo lo llamo vergüenza histórica.
Paquita no murió por el COVID. Murió por el abandono.
Porque tenía 85 años y una cámara en la mano.
Porque bailaba cuando otros se rendían.
Porque su vida valía exactamente lo mismo que la mía.
Y la dejaron morir.
En su memoria, y en la de los 7.291 mayores que nunca debieron morir así.

