Hay un momento en la vida en el que uno empieza a darse cuenta de lo que ya no está. No hablo solo de personas, sino de lo que ellas traían consigo: canciones, frases, costumbres, sabores, voces en la radio, ritos diarios que eran tan naturales como respirar… y que ahora se están esfumando.
Cuando una generación desaparece, no solo se van los cuerpos. Se va una parte del mundo.
Y en este tiempo de vértigo, donde todo dura lo que tarda en cargarse una historia en Instagram, perder eso es casi como desconectar el alma de una cultura.
Mi padre, el flamenco… y el silencio
Recuerdo a mi padre con sus discos de flamenco. Pepe Pinto, El Niño de Marchena, Juanito Valderrama, la Niña de los Peines. Voces con grietas, con historia, con verdad.
Hoy, a veces, me pregunto:
¿Cuántos jóvenes saben quiénes fueron?
¿Dónde están ahora esas canciones? ¿Quién las canta? ¿Quién las recuerda?
Y mi madre…
Siempre con la radio encendida. Desde que yo era pequeño, aquella radio formaba parte del mobiliario emocional de la casa.
Programas como “Ustedes son formidables”, con Alberto Oliveras.
Esa frase, “formidables”, lo decía todo.
Hoy sería cursi. Anticuada.
Pero entonces era una declaración de cariño, de confianza, de humanidad.
Cuando muere una generación, ¿muere su cultura?
El peligro no está solo en que muera la gente.
El peligro es que muera lo que esa gente sabía.
Las palabras que usaban.
Las canciones que les hacían llorar.
Los científicos que admiraban.
Los inventores que los inspiraban.
Los poetas que los hicieron soñar.
¿Quién habla hoy de Jacinto Benavente?
¿De Miguel Mihura?
¿De Antonio José, ese músico burgalés fusilado en la Guerra Civil?
¿De tantos y tantos investigadores, físicos, humanistas, pensadores… cuyos nombres no están en los libros de texto ni en los rankings de Google?
El olvido no es casualidad. Se programa.
Vivimos en un sistema que valora lo nuevo, aunque sea vacío, y desprecia lo viejo aunque sea oro puro.
El mercado, la política, el algoritmo… todos están entrenados para borrar la memoria y venderte novedades cada 24 horas.
Y así, lo que no genera clics desaparece.
Pero tú y yo sabemos que la historia no se mide en likes.
¿Y si empezamos por recordar?
Recordar es un acto de resistencia.
De dignidad.
De amor.
Y no hace falta ser historiador ni académico. Basta con encender la radio antigua, poner un disco olvidado, contarle a tu nieto quién era Antonio Machín o Serrat cuando hablaba en catalán, o ese programa de la SER donde la gente llamaba para dar las gracias a desconocidos.
Porque cuando una generación se va, solo queda una forma de que no todo se pierda:
contarlo.
Epílogo
Esto que escribo no es solo por nostalgia.
Es por justicia.
Y porque un día, alguien hablará de nosotros como "esa generación de los móviles y la IA".
¿Te imaginas que no quede nadie que sepa lo que fuimos de verdad?
No lo permitamos.
